Cinco párrafos, cuatro pasos por delante

fc7407e9_oLe decía el jueves a un amigo que cuando recuperó a Alves, Alba e Iniesta, el Fútbol Club Barcelona recuperó el orden. Dos semanas atrás, contra el Villarreal, anunció su bienestar. Obviamente, de ningún modo se podía pronosticar semejante contraste de banderas ayer tarde en Chamartín. Pero sabíamos que en salud, este Barça podía jugar este partido. Lo sabemos porque hemos visto ya demasiados episodios. 2-6 en 2008/09; 0-2 en 2009/10; 1-3 en 2011/12; 3-4 en 2013/14; 0-4 en 2015/16. El Barça se sabe de memoria el Santiago Bernabéu. Lo conoce emocionalmente, y por eso en cada visita reina su paciencia. Un temple que estremece un año y otro a su enemigo.

El momento del Real Madrid lo condicionó todo, claro. Al equipo de Rafa Benítez le faltaron los patrones y la personalidad. Como ante el Sevilla hace 14 días ó ante el PSG hace 19. Desde el sofá azotan a la BBC, pero más allá de sus discutibles estados de forma, Karim, Gareth y Cristiano fueron ayer víctimas de un problema estructural. El Barcelona lo dominó todo, y hubo síntomas muy transparentes. Cuando Ramos quería sacar el balón tenía delante una fila de entre tres y cuatro azulgranas y sólo una línea de pase blanca. Prácticamente la totalidad de recepciones de Benzema, Ronaldo o Bale eran en desventaja, casi siempre rodeados de dos ó tres culés. El Madrid era tácticamente tan inferior que casi no hilaba secuencias de pase limpias. Manchas de sangre hubo muchas, pero quizás ninguna tan evidente como palpar a Luka Modrić. El croata hizo uno de sus partidos más volátiles que ha disputado con la camiseta del Real Madrid. Puede no estar fino, pero siempre está, y que ayer no estuviese fue mérito visitante.

A fin de cuentas: el dominio espacial culé fue supremo. Luis Enrique logró que el Barcelona fuese numéricamente superior en todos los sectores de hierba. Otro ejemplo fue la presión merengue, desigual e inconsecuente. Cayeron en el cebo. Los culés se pasaban la pelota hacia atrás, una pequeña expedición blanca iba a por ella, y entonces aparecían Busquets e Iniesta a dar el apoyo y romper esa primera línea enemiga. Daniel Alves, el gran olvidado de esta generación azulgrana, estuvo en este sentido excepcional, como otros tantos días en Concha Espina. Siguiendo en la línea de lo individual, habría que darle más relieve si cabe al nombre de Andrés Iniesta, que a sus treinta y un años está siendo trascendental en el sistema de Luis Enrique. Ayer se marchó ovacionado por un Bernabéu que se levantó a aplaudir su concierto, recordando a escenas de otros tiempos. Aquella obra de Ronaldinho cumplía curiosamente diez años la semana pasada.

No hay que olvidarse de Neymar, por fin discursivo, como se le pide a un crack de su talla. Destrozó la reputación de Danilo, que ya había fruncido el ceño al madridismo en el Sánchez Pizjuán. También estuvo especialmente mal Toni Kroos, indolente por enésima vez. El alemán es un edificador extraordinario jugando por detrás de la pelota, pero cuando el voltaje del rival es alto acaba siempre superado. Es sólo una apreciación personal, pero Benítez utilizó a Casemiro en Vigo, en París ó en el Manzanares, y el roto nunca fue tan espantoso. Es cierto que también compareció en Sevilla, pero allí el Madrid se desangró en los carriles laterales, nunca en el central. Ayer el agujero era tal que Sergi Roberto empezó a gestar últimos pases como si fuese otro futbolista. Asesinó Suárez, el último peldaño de la cadena productiva catalana. El uruguayo, sin compasión alguna, dejó la divinidad de Keylor Navas en entredicho.

En último lugar, muy comentados fueron los erróneos cambios de Benítez, que por segunda fecha consecutiva intercambió a James y a Isco abortando la coexistencia de ambos en el césped. Incapaz fue también de corregir la amplísima separación que había entre una línea blanca y otraEl madridismo ya ha puesto la cruz a Rafa, y hablando en plata, no es para menos. A los ojos de la Historia, fue una obra de teatro de dimensiones similares al antológico 2-6, con la particularidad de que esta vez lo hizo sin la intervención marciana de Lionel Messi, que entró a media hora del final en busca de más sangre. En la wikipedia este 0-4 quedará escrito como el capítulo magno de la Era Luis Enrique.

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