La ‘Hormiga Atómica’

Tenía dos piernas raquíticas, diminutas; el pecho hinchado; y los bíceps bien definidos. La descripción podría coincidir con la de alguien que haya hecho del gimnasio su segunda residencia, pero no es el caso. Así era la Hormiga Atómica, un dibujo animado de los sesenta que, pese a su tamaño, levantaba toneladas, podía volar y recibir señales de radio a través de sus antenas. Décadas después de que el show del insecto rojizo se dejara de emitir, brotó de las categorías inferiores de la Juventus un chico menudito y con pelo rapado que irradiaba fantasía. Como a pesar de ser minúsculo despuntaba por encima del resto, hubo quienes le atribuyeron el apodo del dibujo. Tendría unas 18 primaveras cuando Sebastian Giovinco se convirtió en la Formica Atomica. Poseía tales dotes con el esférico que en Turín rápidamente le pusieron la etiqueta de heredero de Del Piero.

Pero siendo joven e inexperto, no era fácil hacerse un hueco en el equipo juventino. Aunque luchaban los del Piamonte por salir de barro de la Serie B, habían logrado retener al grueso de sus estrellas, de modo que decidieron acoplar al novato en el Empoli para que se desfogara. Así, Giovinco marchó a la Toscana con Claudio Marchisio de la mano. Allí, la ‘Hormiga’ lo juega casi todo, acumula minutos y coge tablas. Sin embargo, de poco le vale en su regreso a Turín. Pasa dos temporadas como bianconeri en un segundo plano, lejos de los focos. No cuenta con el beneplácito de los técnicos y, para colmo, las lesiones le dificultan su crecimiento. Él, turinés de nacimiento, no termina de estar a gusto en casa y explota: Si la directiva no me quiere, no tengo nada que hacer aquí. Después de dos temporadas, no pasaré otro año en el banquillo, no tiene sentido. Creo que no me merezco el banquillo.”

Entonces Giovinco encontró un mejor acomodo en Parma, no muy lejos de Turín, donde no había estrellas que difuminaran su clase. Allá recuperó sensaciones y se convirtió en estandarte, llegando a tumbar a la Juve desde el otro bando. En Parma era el amo y la Juventus, consciente de su progresión, decidió recuperarlo. De ese modo, desembolsó 11 millones de euros para traerlo de vuelta, justo cuando Alessandro Del Piero se despidió de la Vecchia Signora. Sin embargo el potencial juventino era inmenso, y aunque Antonio Conte le concedió tiempo sobre el césped, Giovinco no llegará nunca a ser referencia. En Turín era un mago entre tantos. De hecho, con el paso de los meses sus números menguan al igual que sus actuaciones. Y así hasta que en enero de 2015 decide hacer las maletas y embarcar hacia Toronto, en lo que, a priori, se adivinaba como un salto regresivo en su carrera.

No obstante, lejos de esas conjeturas, el razonamiento de Giovinco respondió a una lógica empírica que, diez meses después se puede acreditar como irrefutable. Porque como ya demostró en Empoli y, principalmente, en Parma, Giovinco encuentra su hábitat ideal en equipos de la clase media, donde su talento cobra mayor repercusión. Y qué duda cabe de que la MLS supone el ambiente idóneo para que la ‘Hormiga’ saque a relucir todo su potencial. Al otro lado del charco, su paleta de movimientos incluye nuevas tonalidades. Con 162 centímetros de estatura, lógicamente nunca fue delantero de área, sino más bien un atacante escurridizo no exento de gol. Pero es que en Norteamérica ha dado el salto cualitativo que necesitaba para convertirse en un futbolista completo. Sus dígitos esta campaña son devastadores y evidencian su transformación. Solo él es capaz de encabezar las listas de máximos goleadores (22) y asistentes (15) de una misma competición. Y es que las skills de Giovinco son abusivas. Desde que abarca un segmento mayor de césped, su influencia es desmesurada, aunando la visión de juego de un ’10’ con la resolución de los mejores delanteros. No hay highlights mensuales en los que no aparezca la ‘Hormiga Atómica’, amén de que verlos se convierte en una delicia para los sentidos, pues en un torneo de menor nivel Giovinco domina las facetas del juego a su antojo con la superioridad que ostenta Messi en cotas futbolísticas más altas.

Giovinco ha sido (y es) calidad y magia, pero siempre prefirió ser protagonista de pequeños espectáculos antes que telonero de los mejores hechiceros mundiales. Tenía las hechuras para asentarse en Turín, pero el deseo de destacar y el jugoso contrato  (7 millones de dólares al año) que le ofrecieron en Ontario acabaron por dibujar una vereda alternativa en su carrera. Un sendero hacia un hormiguero más pequeño y humilde que el de la Serie A, pero donde él es, además de atómica, la hormiga reina.

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