Una noche en Stožice

Hay dos hechos en Liubliana que me llaman especialmente la atención. Uno, la eternidad que tiene que esperar un peatón para poder cruzar un paso de cebra y el poco tiempo del que dispone para atravesarlo -digamos que el temporizador de los semáforos no está muy bien compensado-; y dos, la penumbra que se cierne sobre las calles alejadas del centro de la ciudad, pues al reducido número de farolas ancladas en el pavimento se une la luz tenue que estas desprenden. Por esto último, me resultó bastante paradójico que los focos de una de las gradas del Stožice Stadium se apagaran repentinamente en mitad del partido que enfrentaba a Eslovenia y Lituania. Pero vayamos al principio.

Eran las 19:45 horas del viernes cuando saqué la entrada del cajón. No es que estuviera especialmente entusiasmado, pero tenía una singular curiosidad por ver cómo se tomaban los eslovenos la cita futbolística del día, con su selección peleando por un billete a la EURO 2016 de Francia. Una vez estuve listo, introduje el bocadillo de jamón que me había preparado y estudié por última vez el mapa para ubicar el enclave al que dirigirme. Entonces partí hacia el estadio. Solo cuando me introduje en el epicentro del evento percibí un ambiente más acorde al que acostumbra a generar este tipo de encuentros en España. El ‘Walking on Sunshine’ sonaba a toda pastilla en las carpas colocadas en las inmediaciones del estadio, donde algunos bebían una Lasko mientras observaban a los niños jugar en una especie de parque infantil futbolístico montado exclusivamente para amenizar la previa. Barras de bar artificiales y notas musicales de fondo, pero nadie gritando detrás de una mesa plegable «tres paquetes de pipas a 1 euro».VMWUTiY

Observé detenidamente el Stožice Stadium tratando de localizar la puerta de acceso al mismo. Incrustado en un socavón del terreno, desde fuera las únicas estructuras apreciables son las cubiertas del tejado y las puertas, situadas casi a la par. Eso obliga a los espectadores a entrar desde la parte más alta de los graderíos para luego descender en busca de su localidad. Jamás había visto algo parecido. En los accesos, ningún torno. Sólo varios vigilantes de seguridad cortando las entradas a la antigua usanza y retirando la comida a aquellos que pretendían entrar a las gradas con ella. Así las cosas, me tocó depositar mi bocata de jamón junto a varios paquetes de patatas fritas que ya se amontonaban en el suelo. Me quedaba sin cena, aunque en ese momento y recién merendado tampoco me importó demasiado.

Dentro, una voluntaria repartiendo revistas, un puesto de venta de material de la selección eslovena, otro de perritos calientes y uno bastante novedoso donde algunos aficionados compraban chucherías y bombones al peso. Entendí que aquello era el sustitutivo de nuestras pipas. Tomé pues una revista, contemplé el interior del coqueto estadio -construido hace cinco años- y me senté en mi butaca, espaciosa y cómoda, considerablemente mejor que la de otros campos españoles. Desde ahí, antes de que comenzara el partido vi cómo le entregaban una tarta a Kevin Kampl, que no iba vestido de corto. Sorprendido por ver al rubito del Leverkusen en chándal, le pregunté al chaval de mi derecha que por qué no jugaba. “Está sancionado dos partidos”, replicó antes de levantarse y unirse al resto del público en una canto coral en esloveno, que por el tono y los preparativos adiviné que era el “Cumpleaños Feliz”.

Antes de que comenzara el choque, me dio tiempo igualmente de escuchar la correcta pronunciación que hacía el speaker de los jugadores locales, percatándome de que nunca hemos llegado a vocalizar meridianamente el nombre de René Krhin -jugador del Granada-. Los aficionados eran pocos -no más de 12.000- pero sorprendentemente ruidosos. Se marcharon eufóricos al descanso, Eslovenia ganaba 1-0 a la débil selección lituana, aunque lo cierto es que el juego distaba bastante de ser entretenido. Durante el primer acto, solamente los movimientos anárquicos del viola Iličić aportaban algo de picante a un espectáculo falto de condimento. Y tras la reanudación ni eso. Cierto es que los de Katanec mantenían el control de la situación, pero entonces algunos focos se apagaron y, con ellos, la poca luz que había desprendido Eslovenia. Se detuvo el partido unos cinco minutos, tiempo suficiente para adormilar a los locales. Finalmente, fruto de ese cortocircuito y del infortunio, Lituania, que no había hecho intervenir apenas a Handanovic, acabó empatando de penalti. Entonces llegó la desilusión generalizada. Ya no sonaba música en las carpas y mi bocata de jamón se había evaporado junto con las otras bolsas de patatas. No me quedó otra que acelerar la marcha al abandonar el estadio, comprar un kebab y regresar deambulando a casa por entre las calles sombrías y sin gente.

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