Desayuno en el crepúsculo

Como en todos los agostos, en el de 2015 me reconcilié con la Premier League. Por cuestiones varias la octava mensualidad de mi calendario se ha convertido en una piscina de desidia, así que cuando el rockero fútbol inglés irrumpe en el letargo veraniego se me hace imposible no doblar la mirada hacia las Islas. A la siempre atractiva cartelera, se le añadía este año el pronunciado salto de calidad de toda la clase media británica. Al más modesto de la tabla ahora le salen libras por las orejas, y eso ha moderado las distancias con los poderosos, lógicamente reestructurando el nivel de la competición. Lo que nadie podía imaginar, for sure, era que a principios de octubre el campeón sufriese semejante hemorragia. Después de ocho fechas, el Chelsea de José Mourinho es décimo sexto clasificado, habiendo atrapado sólo 8 puntos de 24 posibles, y lo que es más preocupante, dando una imagen radicalmente distinta a la exhibida durante el curso anterior. La perfecta ocupación de espacios de la que hacían gala los blues cada vez que pisaban la hierba se ha evaporado por completo, y hoy the Special One musita interrogantes en despertares: ¿Existió algún germen, un preludio? ¿Advirtieron las nubes esta tormenta? Empecemos por el principio.7c1f7a1f_o

José aprovechó la ortodoxia defensiva de César Azpilicueta para disfrazarlo de tercer central y así dar altura a Ivanović, que pasaba más tiempo por delante de la divisoria que detrás de ella. Hoy parece una locura, pero el serbio fue uno de los activos más trascendentes del operativo de ataque blue. Para hacerle sentir seguro estaba Nemanja Matić, que además intimidaba delante y depuraba detrás facilitando el trabajo al número 4. No pase desapercibido este apéndice de la escaleta, porque el otoño de 2014 nos devolvió al Fábregas más implicado, al más creativo, a la superestrella del Arsenal. Gracias a su manera de enhebrar la aguja, el Chelsea por fin era una impecable cadena de montaje. Y con distintas ramificaciones. Reunía a quien hacía fontanería (Matić), quien construía la jugada (Fábregas), y un pistón con el que acelerarla (Hazard). Si el plan no fructiferaba, siempre quedaban los robos altos de las avispas (Oscar, Willian), o entregarse al canon más arcaico: pelotazo y que el búfalo (Costa) guerrease a solas. En base a estas dos premisas, la infantería del Bridge se guardaba también la posibilidad de llegar al gol sin necesidad de trabajar bajo un método concreto.

Aterrizó el Chelsea en febrero con un buen puñado de clean sheets en la cartilla y con la Premier en la mochila. Sin embargo, algo había cambiado, como si ya en su ocaso el invierno hubiese enfriado ese ardor siderúrgico con el que habían competido los blues hasta entonces. Seguramente tuvo algo que ver con el ya anual desfallecimiento de Cesc Fábregas. Parecía que el volver a Londres lo había curado del todo, pero el dualismo que había polarizado sus primeras y sus segundas vueltas en Barcelona todavía permanecía en él. El catalán se apagó, y con él lo hizo Matić. Y el Chelsea, como no podía ser de otra manera, cayó con ellos, cual pieza de dominó. Así lo dejó ver la eliminatoria de Copa de Europa contra Paris Saint Germain, que en inferioridad lo derrotó apoyándose en su imperial salida de balón. Marco Verratti & Thiago Motta agujerearon a los blues apurando porcentajes hasta que Thiago Silva obró la gesta. El equipo de José se había partido, y no volvería a brillar en lo que quedaba de curso, pero en mayo los dos títulos borraron el mal sabor de boca. Nadie podía vaticinar lo que iba acontecer después del verano.

A fecha de 2 de agosto, la Community Shield lanzó un mensaje conciso, aunque de relativa importancia: por primera vez en catorce enfrentamientos, Arsène Wenger había derrotado a José Mourinho. El luso dijo no estar afectado, pero la prensa británica sí le pondría en jaque siete días más tarde, tras el empate ante el Swansea en Stamford Bridge, en la jornada liguera inagural. Aquel día se desató el incendio de Carneiro, que rellenó durante algunas semanas páginas y páginas de los diarios más amarillos de Inglaterra, amén de abrir un debate moral contra Mou. El conflicto, que aún sigue abierto -la doctora medita emprender acciones contra el club-, llegó a conocer aristas muy escabrosas, y no hizo más que sumar presión al técnico portugués. Mientras parte la opinión pública le acusaba de haber tenido una conducta sexista, su equipo continuaba en el desagüe. Tumbados a manos del City, en el Etihad, los blues se preguntaron si su plantilla contaba con recursos suficientes. Y llegó el fichaje de Pedro Rodríguez, a primera vista con beneplácito unánime, pero en perspectiva no más que un parche emocional. Las alarmas, ya encendidas, chillaron «crisis» al llegar las derrotas contra Crystal Palace y Everton, y los tabloides volverían a golpearles para denunciar el infame comportamiento de Diego Costa ante el Arsenal, en una victoria a la que además pondrían asterisco.edit_by_antonioduran93

La vorágine no cesó, y los últimos diez días tampoco le han hecho ningún bien a Mourinho y a los suyos. De hecho han terminado por colocarles entre la espada y la pared. Los de la casaca azul empataron sobre la bocina en Newcastle, besaron la lona en Porto, y este pasado sábado sufrieron en el Bridge el terrible baile del mejor Southampton de la temporada. Sin embargo, cuando todos ya veían a the Special One flotando en un pantano, él no dudó en sacar pecho: “Quiero lo mejor para este club. Y lo mejor es que yo siga”. Sonaba quizás (muy) presuntuoso, pero sólo unos días después el Chelsea le ha ratificado en el cargo, reiterando la total confianza en su trabajo. Estas dos semanas siguientes son toda una bendición para el portugués, pero tras el parón de selecciones habrá de enfrentarse a multitud de problemas estructurales. En primer lugar está el de la medular. Fábregas está irreconocible, Matić cubre mal los espacios, y en ocasiones desviándose demasiado hacia la cal para defender una conducción intrascendente y despobla el centro. El primero no articula posesiones como el año pasado, el segundo separa al equipo y le hace bascular deficientemente. Mou ha llegado a probar a John Obi Mikel en busca de una solución, y según ha advertido, Ruben Loftus-Cheek, de diecinueve años, va a gozar de muchas oportunidades. No menos grave es el caso de los centrales, que están llegando tarde a las coberturas, y esto es se hace un problema grosso en la banda de Ivanović, uno de los nombres más señalados.

Ciertamente era difícil prevenir tal cantidad de recesiones individuales dentro de un colectivo que hace sólo cinco meses había sido campeón. La lista se extiende hasta el mismísimo Hazard, que está siendo tan poco resolutivo que Mourinho ha llegado a intentar desplazarle a la media punta con tal de reactivar sus virtudes. Otros casos son los de Oscar, que parece haber perdido mordiente, Courtois, lesionado de gravedad, y con fecha de retorno post navideña, o Falcao, incapaz de cubrir a Costa durante la sanción del hispano-brasileño. Inevitablemente tal debacle común tenía que quedar impresa en los resultados. Y es que a octubre de 2015 José Mourinho contempla una escena verdaderamente perturbadora. Ni en su último curso en el Real Madrid había conocido un temporal tan bravo. En dos meses de ejercicio 2015/16 el Chelsea ya ha perdido más partidos oficiales (6) que en toda la campaña pasada (4). El dato estremece, y habiendo sentado inclusive a todo un estandarte como John George Terry, a uno le da la sensación de que el técnico está profundamente desencantado con su plantilla. Mientras tanto, en Fulham Road ya temen el crepúsculo del proyecto, José mira a su alrededor y no ve rostros capaces de levantarlo. Yo me imagino a Mourinho desayunando atormentado, preguntándose cómo demonios pudo dejar ir a Kevin De Bruyne mientras tararea una de Nacho Vegas.

Anuncios