La virtud del autoestopista

EVER_3Existe en mi familia una costumbre muy simpática que consiste en tener la radio en on mientras se cocina, se pone la mesa, y todo este tipo de quehaceres previos al almuerzo. Escuchaba el año pasado, en pleno mes de julio, allá cuando uno merodea por la vida en calzonas, un programa sevillano de cuyo nombre no quiero acordarme. El caso es que mientras sacaba los cubiertos un par de tipejos empezaron a apedrear la política de traspasos de Ramón Rodríguez Verdejo, o Monchicomo todo el mundo conoce subdirector deportivo del Sevilla FC. Yo alucinaba, claro, porque a mi juicio el gaditano está entre los cuatro o cinco gestores balompédicos con más ojo de todo el continente. Aquel alud de críticas se debía a que en aquella mañana tan calurosa se había hecho público el fichaje del argentino Éver Banega, hasta entonces jugador del Valencia. Estos señores, haciendo gala de esa falsa sabiduría que a menudo se autoatribuye el periodista local, tildaban de nefasta la operación porque Banega, digamos, no tenía fama de futbolista responsable. Ardiendo en deseos casi inquisitarios, llegaron a llamar por teléfono, en directo, a un periodista valenciano para que les chivase las “trastadas” que el rosarino había protagonizado durante su largo periplo en la capital del Turia. Después de escuchar semejante goteo de sospechas y juicios atemporales, me tomé la libertad de apagar la radio y disfruté en silencio el maravilloso salmorejo que hace mi padre, pero aquella tertulia envenenada me dio mucho que pensar.

El fútbol europeo contemporáneo promueve un paradigma a menudo erróneo. La salud, la alimentación, la constancia del entreno, son parte del buen camino, sí, pero son muchas las ocasiones en las que este afán enfermo por la rectitud, por el perfecto profesionalismo, deja en la cuneta a futbolistas excelsos. Casi es el caso de Éver Banega, que después de un tiempo haciendo autostop tuvo la suerte de toparse con Monchi, que no dudó en montarlo en su coche. Unai Emery esperó que el muchacho se aclimatase al automóvil, y llegado el momento le puso a Éver el volante en las manos. Meses después, bajo su conducción, el Sevilla parecía un BMW, y ha llegado como tal al tramo del curso en el que se deciden las cosas importantes. Finalizados todos los actos, no cabe la menor duda de que los hispalenses son todavía más fuertes que el año pasado, y no es otro que Banega quien personifica esa excelencia. Seguramente no tiene la inspiración de Rakitic 2014, pero la frecuencia y el acierto con el que interviene ha conducido a su equipo entero a un nivel de juego premium, un nivel que ha hecho al Sevilla ya no acariciar, sino atravesar unas cotas históricas en el campeonato nacional. Los 76 puntos que han registrado los muchachos de Unai Emery les habrían hecho campeones en cuatro de las últimas veinte ediciones de la Liga.Ever

Más allá del tono continuista del proyecto y de un abanico de jugadores de una calidad muy alta, la clave que ensalza a este Sevilla es la manera en la que Emery ha utilizado al mediocampista de Santa Fe según era uno u otro el contexto. A veces sólo lo protegía con el oso pardo Krychowiak, y mandaba a Vicente Iborra a picotear veinticinco metros adelante. La exhuberancia física del valenciano, además de dar pie a la segunda jugada, limpiaba los tres cuartos para que Banega mandase con mano de hierro. Había otros días, sin embargo, en los que las armas del adversario preocupaban más a Emery, sentía que debía cohibirse algo más. Así que el de Hondarribia fortalecía la medular acotando a Mbia junto al polaco, en un doble pivote que casi despojaba de responsabilidades al rosarino cuando el Sevilla no tenía el balón. Algo así ocurrió ayer. La sensacional primavera de los rojiblancos les había encaminado a una nueva final de Europa League, la segunda consecutiva, que a la par era la cuarta en diez años. Varsovia ponía tapiz a un desenlace en el que se había colado, con algo de suerte y mucho de carácter, el FC Dnipro Dnipropetrovsk, un desconocido a los ojos de todo occidente. Pese a que el cuadro ucraniano se adelantó muy temprano, no tardó en quedar patente la superioridad formal de los ibéricos. El Sevilla remontó tranquilo, con pulso de campeón, pero un golazo de Rotan al filo del ecuador hizo que se reigualase el marcador. Al fin y al cabo, era una final.

Pasado el descanso, Miron Markevych, el sexagenario arquitecto de este Dnipro, hizo que los suyos adelantasen el pressing, y el escenario se cernió algo más nublado para los sevillistas. Pero no más de diez minutos duraron los de Europa el Este con la sartén por el mango, y fue porque Banega se adueñó del cuero y les hizo temblar la muñeca. Apenas había empezado a orquestar el entramado cuando Emery, probablemente el entrenador más inquieto del panorama, avistó el guion y acomodó su narración. Decían todos los que lo veían por televisión que el jugador a cambiar era Vitolo, pero Unai, conocedor de las notas que es capaz de hacer sonar el canario, le mantuvo en el césped, aunque eso supusiese que Reyes se acordase de su madre. En su lugar el vasco introdujo a Coke para adelantar la posición de Aleix Vidal, y Víctor Machín, ya presumible carne de selección, se fue incrustrando en el centro de forma interminente, configurando un triángulo asociativo que enseguida hizo sangrar al Dnipro. No estuvo Banega en la jugada del decisivo tanto de Bacca, pero la Uefa premió las dotes del playmaker rosarino con el conmemorativo MVP de la final.

Después de lo acontecido anoche, Banega cuenta ya con el reconocimiento de todos, incluso con el de aquellos dos bocazas que escupían en la radio, pero cabe mentar que no es la primera vez que a Éver le arden los pies. En el cruce de cuartos ante el Zenit, me impresionó en especial. Me refiero al partido de ida, en el Sánchez Pizjuán, que fue donde el Sevilla ganó la eliminatoria, pese a que luego Beto la hiciese pender de un hilo en San Petersburgo. El Zenit les hizo “la tres catorce”, y cuando la iniciativa se hizo necesidad para los rojiblancos, apareció el general Banega. Éver agarró el balón y se hizo nexo para alimentar a las dos orillas. El ímpetu de los hombres de banda hizo al Sevilla ganar el partido, y el argentino lo concluyó con 114 participaciones y un 90% de acierto en el pase. Cifras salvajes para aliñar una masterpiece al alcance de muy pocos.

Al fútbol se le había olvidado lo buenísimo que puede llegar a ser Éver Banega. Y qué insensato. Sólo había que tenderle la mano, tal y como ha hecho Unai Emery.

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