David mató a Miguel Ángel

Desde que recuerdo tener ojos se enmarca en la planta alta de mi casa un dibujo a carboncillo que reproduce la primorosa estampa de David, la obra magna del Renacimiento. Todavía inmerso en la etapa más virginal de su trayectoria, Miguel Ángel Buonarroti trabajó a mazo y cincel en David entre 1501 y 1504, unos frames temporales semejantes a los que dedicó Josep Guardiola al mejor futbolista de nuestro milenio. Pero el éxito es peligroso. Más de lo que parece. Curiosamente la producción artística del de Caprese jamás volvió a dar a luz a una pieza de tan mayúscula excelencia técnica, y salvo que en las cronologías modernas los milagros se apeguen, en los relatos vitales del de Sampedor tampoco volverá a suceder lo que ocurrió entre agosto de 2008 y mayo de 2012.

Acarició Guardiola nervioso las sábanas de casa. Sus gentes no lo sabían, pero aquello le erizaba la piel. Sentir a su criatura, la que él esculpió con cuidadosa mesura años atrás, desataba una maratón de hormigas en su pecho desnudo. Destapó a Leo y se frotó los ojos. «¡Qué perfección tan maldita!», pensó en voz alta, y se miró con culpa. ¿Cómo pudo apartarse de aquello? ¿Cómo pudo entregar su mejor obra cuando justo estaba terminada? ¿Por qué?, como una vez pronunció su enemigo. Y en el fondo sabía -porque Pep lo sabía- que en Múnich no tenían el mármol sacro de Rosario. Sus inquietudes hablaban alemán, pero sus adentros ya conocían la premisa del mañana: no habrá otro Leo Messi.LEO+PEP_EM93

Ayer Guardiola pisó el Camp Nou con gesto torcido, a sabiendas de que en el idioma del balón el veni, vidi, vici sólo es ley si tienes a Messi contigo. Su roster adolecía para colmo bajas de soberana importancia. Uno miraba a las orillas y ni Arjen Robben ni Franck Ribéry estaban allí. Daba la impresión de que el Barcelona aventajaba en un palmo al Bayern en cada bisagra del juego. Aun con esas Pep resistió, agudizó sus conocimientos y durante gran parte del choque consiguió competir de igual a igual. El partido se abrió con un cuarto de hora salvaje de Luis Suárez, que es un sistema en sí mismo, y si el marcador no se movió fue gracias a Manuel Neuer, el genuino Goliat de esta historia. Guardiola entendió que el uruguayo les estaba haciendo sangre, y detuvo la hemorragia. La línea de tres, que hasta el momento naufragaba ante la MSN, mutó a una de cuatro, y el escenario cambió. El envite se convirtió entonces en una búsqueda incierta de la pelota. Ninguno de los dos se la quedaba, y en consecuencia comenzaron a verse mecanismos ajenos a la naturaleza habitual de ambos.

Los germanos contrarrestaban bien las virtudes de los culés y llegado un punto de la segunda mitad empezaron a repetirse situaciones de dos contra dos de Lewandowski&Müller contra Piqué&Mascherano que casi siempre ganaron los segundos. Detrás de este particular triunfo azulgrana se adivinaba un más que probable 0-0, y el desenlace parecía querer viajar a Baviera, pero los coletazos de valentía de los muniqueses habían desatado un dominó que a la postre les sería letal. Esta secuencia de acercamientos incrementó el voltaje, y en la marea creció el intercambio de golpes, una senda en la que este Barça es un ente implacable. Luis Enrique ha conseguido que lo sea. 

Y entonces Dani Alves, que estaba jugando de lateral, extremo e interior derecho a la vez, atropelló a Bernat por enésima, atrajo la marca de Boateng, y la soltó al libre, que en este caso era el marciano. Con la sangre helada y la terribilità grabada a fuego en los ojos, Messi dejó atrás el contraposto de David e hizo arder a Neuer para el delirio de la platea. El Camp Nou se despojó del nudo que había sostenido en la garganta durante 78 minutos y gritó eureka al unísono mientras el argentino, en estado de trance, descosía a navajazos a su padre futbolístico, a su escultor, a Miguel Ángel. Gotearon dos goles más, y lo que el 10 hizo con Boateng ya pertenece a la retina de los coleccionistas, pero no debiera sorprendernos. Hacia Berlín galopa a pecho descubierto el individuo más devastador que ha conocido la Copa de Europa, y Guardiola, cuyo bienio en Alemania parece casi herido de muerte, avistó el 3-0 del electrónico y entre el tedio y la ternura susurró para sí lo que ya les había narrado el martes a los periodistas en rueda de prensa:

No hay sistema, no hay entrenador que pueda pararlo. Es demasiado bueno.

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