El único jarabe

Gala del Balón de Oro de la FIFAEmpecé a concebir lo que era Toni Kroos aquella tarde de verano. Le había visto en contadas ocasiones tanto en el Bayern Múnich como en su selección nacional, pero en la tarde del 12 de agosto en Cardiff le observé de una manera especial, más exhaustiva que de costumbre. Era su primera aparición oficial con la casaca del Real Madrid, y su puesta en escena fue de una potencia visual imponente. Su sola estampa ya merecía miradas. Entre su porte, su corte de pelo alemán, y su frías y metriculosas ejecuciones no pude evitar enfrascarlo en una gabardina con esvástica al brazo. Efectivamente, Toni parecía un teniente de la Gestapo. No debe conllevar esto connotación nazionalsocialista alguna, pues el símil que aquí os propongo no hace más que recabar que el look y los perfectos ademanes de Kroos eran el más fiel retrato de un sobrio militar germano. El caso es que aquel día su cohesión con cada hombre de blanco era total. El Sevilla, rival del Real por la doble corona europea, fue durante cuarenta y cinco minutos una marioneta en manos del operativo merengue. Las rupturas de Cristiano&Bale eran continuas, y Benzema inventaba conatos de gol en el frontal rojiblanco. Todo ello con Kroos en el directorio. Su coreografía en cada córner, en cada recibo, era un deleite. En décimas de segundo, como si tuviese un campo magnético entre ambos, el alemán tenía colocados el pie de apoyo y el de golpeo en plena disposición para ejecutar un nuevo pase.

Las impresiones eran sobresalientes, y a pesar de un par de tropiezos tempranos, en cuanto el equipo de Carlo Ancelotti carburó correctamente llegó una secuencia meteórica. Hasta veintidós triunfos consecutivos llegaron a cuantificarse en competición oficial. Durante cuatro meses [septiembre-diciembre], el Real abrasó a cada adversario sin detenerse en el confort de la euforia. La dinámica de una escuadra que prometía ser imperio iba a la par sacando a relucir a varias de sus individualidades. Ronaldo, Benzema o Ramos disfrutaron de cómo la totalidad opinión pública les rendía pleitesía. En la zona ancha, la mayor parte de los halagos iban a parar al medallero del teniente Kroos, que parecía estar superando con nota el examen de remplazar al general Alonso. Sin embargo, mientras los laureles recaían sobre otros, aficionados y periodistas olvidaron calibrar la importancia de Luka Modrić, el pequeño gran hombre que tensaba la actitud de todos sus compañeros a base de sacrificio. El croata, que para muchos ostentó el curso pasado la diadema de mejor centrocampista de Europa, era el ingrediente ideal para paliar la no autosuficiencia de Kroos como mediocentro de cierre. Luka no debe su fama a ser un especialista defensivo, pero es tan ferozmente constante que va limando todo lunar que encuentre a su alrededor. Su presencia hiperactiva era un dominó de ventajas. Empezando porque Carvajal y Marcelo se convertían en centrocampistas, y el Real, además de ganar anchura, no permitía salir a sus rivales.Luki

Todo iba sobre ruedas en la casa blanca. Pero fue entonces cuando uno de esos insulsos parones de selecciones que se suceden sin pena ni gloria durante el otoño se cruzó en el destino merengue. A mediados de noviembre, durante un compromiso internacional con Croacia, Luka Modrić sufrió una rotura muscular que lo mantendría entre tres y cuatro meses fuera de los terrenos de juego. Enseguida, los que saben torcieron el gesto, pues desde la lejanía temporal divisaron que sería un invierno muy frío para el equipo de Ancelotti. Y razón no les faltó. En un principio, un par de ajustes sencillos de Carletto solucionaron la papeleta, y el bache no se apreció en los resultados, pero conforme fueron avanzando las semanas comenzaron a advertirse determinadas carencias que de alguna manera preveían algún resbalón. Y ese primer resbalón llegó el 4 de enero en Mestalla, donde el Madrid no fue capaz de entender el alto voltaje del 3-5-2 ché. Con el marcador abajo, la reacción capitaneada por Isco Alarcón llegó a merecer el empate, pero los del Turia defendieron el resultado cuchillo en mano. El Valencia puso fin a la sobresaliente racha de triunfos blancos, que se congeló en 22. Algunos prefirieron ver aquello como anecdótico, pero Nuno Espirito Santo había demostrado que el Real Madrid tenía grietas.

Viajando ya a la segunda semana de marzo, el mapa ha cambiado mucho en detrimento del status de Carlo Ancelotti. Mirando atrás, uno se encuentra 4 derrotas y 2 empates desde que se inició 2015, demasiados pinchazos para un equipo de la autoexigencia del Madrid. El Atleti borró su candidatura a la Copa del Rey, y la distancia en Liga con el Barcelona se ha evaporado, hasta el punto de que los culés ya lideran la tabla. Pero no preocupan tanto los números como las impresiones. Los blancos no son tan competitivos sin balón como antes, y da la sensación de que Ancelotti ha vuelto a no ser versátil. La estratagema de Isco dejó de ser suficiente hace mucho, y ni Illarramendi, ni Khedira ni el propio Lucas Silva han podido equiparar la tensión de la melena de Zadar. Kroos necesita ya a Modrić. El equipo lleva un par de meses dejando demasiados metros entre la última y la segunda línea y los adversarios están gozando de una palpable libertad creativa. Jugando en el pasto del Bernabéu, Deportivo, Real Sociedad o Villarreal desnudaron la espalda de Kroos. Y el Córdoba o el Atleti la sodomizaron. En el Arcángel y el Calderón, la presión alta le fundió todos los plomos a los merengues, que adolecieron además de manera especial la ausencia de Modrić en la salida de balón. Luka es un instrumento valiosísimo en ese tipo de contextos, pues su polifacética paleta de movimientos es un manantial de soluciones. Capaz de incrustarse entre centrales, a modo de lavolpiana, o bien de dar el apoyo en los laterales, el croata hace el ejercicio de bajar veinte o treinta metros para ayudar a edificar ese primer pase, un ejercicio que no practican ni Kroos ni Isco.LUKITA_EM93

Luka Modrić nació en la Costa Dálmata hace treinta años, y en consecuencia le tocó vivir en sus propias carnes la Guerra de los Balcanes, la barbarie que empapó de sangre a Yugoslavia durante gran parte de los 90, y que terminó por fragmentarla en seis trozos. Luka tenía seis años cuando los rebeldes serbios invadieron Obrovac, una aldea a unos cincuenta kilómetros de Zadar. El escenario se había convertido en peligroso, y el día que asesinaron a su abuelo, sus padres tuvieron que marchar de allí lo antes posible. Rápido mudaron a la ciudad, y durante algún tiempo se alojaron en el Hotel Kolovare, una gigantesca instalación turística convertida en centro de refugiados que curiosamente continúa funcionando a día de hoy. Allí, en el desierto párking del complejo, el diminuto Luka pasaba horas y horas pateando una pelota, y tuvo la suerte de entrar en el encuadre visual del director del hotel. De forma paradójica, este señor compartía amistad con algunos de los miembros de la disciplina técnica del NK Zadar, el equipo de fútbol de la ciudad, que además militaba y milita en la primera categoría nacional croata, que pronto enrolaron al pequeño en las inferiores del club. Zadar estaría dos años sin electricidad ni agua, y al alejarse la guerra Luka Modrić tuvo mil adversidades más, pero llegó. Vaya si llegó.

Quién iba a decir que aquel tímido niño rubio que dormía en el Kolovare, en tamaño siempre el más pequeño de su promoción, iba a ser el futbolista del que dependiese el equipo de fútbol más importante del mundo. Esa personalidad defensiva, ese 90% de acierto en el pase, esa facilidad para romper la línea enemiga. Ayer el madridismo entero sonrió al volver a leer su nombre en una convocatoria, porque no fue sino su intensidad la que en 2014 hizo del Real un ente prácticamente invencible. El único jarabe, la única pócima para volver a serlo, es él, Luka Modrić.

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