Fábregas being Fábregas

Cesc y Mou estaban destinados a encontrarse. Y esto no va a ser amor de una noche de verano, aquí va a haber niños.

Twitter es un instrumento tan genial que por hilarantes e inadecuados que parezcan, ciento sesenta caracteres pueden ser la síntesis más precisa para describir cualquier tipo de efeméride. Matiz arriba, matiz abajo, un tuitero cuyo nickname no recuerdo dejó patente así la explicación tan idónea como breve de lo que significaba el regreso de Cesc Fábregas a Inglaterra. Su apretón de manos con el Chelsea Football Club era un perfecto matrimonio de intereses que de ningún modo podía salir mal. A sabiendas de su fallida aventura en Cataluña, José Mourinho le tendió la mano para que volviese a las Islas tres años después de marchar a España. El affaire hacía que algo más al norte de Londres, en el distrito de Islington, se tiraran de los pelos, claro. Desde los dieciséis a los veinticuatro años había jugado allí para el Arsenal, y sus aficionados no entendían que alguien que había sido emblema gunner pudiese enfrascarse en el azul y alistarse en las filas del enemigo. Pero Fábregas aguantó el trago, y hoy podemos decir que su decisión ha trastornado por completo la élite del fútbol inglés.Fábregas_as_blue_EM93

La liga española es orden, y no digamos el Barça, una maquinaria en la que cada engranaje está encorsetado dentro de una actividad concreta. El caso es que Cesc nunca fue pez de acuario. Aunque eventualmente se exhibió como falso nueve, como interior, o incluso como extremo, Fábregas siempre fue un centrocampista total, una chapa con un rango de acción que va más allá de fronteras funcionales. Guardiola, Vilanova o Martino quisieron enmarcarlo en un departamento desde el que no desintonizase la onda culé, sino que se incrustrase en ella. Y por momentos resultó ser una estupenda retroalimentación entre club e individuo, pero curso tras curso se repetía el mismo guion: una vez cumplido el término de la primera vuelta de competición, la mecha creativa de Cesc comenzaba a apagarse cual hoguera en madrugada. Lo ejemplifica a la perfección su último año en Can Barça, en cuyo tramo final llegó a ser disfuncional para su equipo.

La relación se desangraba cada vez más deprisa, y en tanto llegó Mourinho a terminar de abrir la herida, concretando con el futbolista una reunión en Londres para el primer fin de semana de junio, diez días antes del inicio de la Copa del Mundo de Brasil. “Mi hijo José estaba en Alemania con el Fulham, -José Mário, de catorce años, juega como portero en las categorías inferiores del Fulham- se habían clasificado para la final de un torneo y yo quería ir, pero…”. Pero el Chelsea es el Chelsea, y aquel fin de semana él tenía que convencer a Cesc Fábregas de que fichase por su equipo, así que no salió de Reino Unido. Lo cierto es que según relata el propio técnico luso, no fue complicado seducir al catalán“Te necesito para transformar mi equipo”, cuenta que le dijo.JMOURINHO_EM93

Nueve meses después de aquella calurosa mañana de verano, no existe un sólo ápice de arrepentimiento, pues a todos los índices la decisión resultó ser un total éxito para ambas partes. El Chelsea es destacado líder de la Premier, y Fábregas dice estar jugando el mejor fútbol de su carrera. La declaración, siendo un jugador de su trayectoria, es arriesgada, pero estadísticas e impresiones hablan de una jerarquía y un dominio pocas veces vistos antes en el fútbol inglés. Mourinho le ha convertido en alma máter del juego de los blues. Desde que The Special One regresó al Bridge, el Chelsea camina hacia una nueva metodología que pasa por tener algo más de balón, y ahí entra en juego Fábregas, porque no es otro que el de Arenys quien mueve los hilos. Lo hace desde la base, tal y como jugaba en el Arsenal. La escoba de Nemanja Matic lo abriga por detrás, por delante, y a los lados, porque el serbio está en todas partes, el socio ideal para que él aglutine pelota. Su claridad con el cuero en los pies y su IQ hacen el resto. Parece un jugador distinto al del Barcelona, pero es todo una cuestión de libertad. Lo explica él mismo. 

Me estoy reencontrando a mí mismo. Me siento importante. Juego más atrás, y eso hace que me sienta mucho más partícipe de lo que ocurre. Toco entre 90 y 100 veces el balón por partido, y eso lo echaba de menos. En el Barcelona era diferente, jugaba más adelante, los centrales sacaban la pelota y mi función era distinta, más posicional. Aquí la bajo a buscar, busco mi sitio con más libertad. Me siento más participe del juego y eso me permite disfrutar más durante los partidos.

Partir como pivote permite a Fábregas adquirir unas cuotas de balón y por ende un protagonismo que lo reconforta. Las cifras hablan por sí solas. En los promedios el 4 del Chelsea es líder de la liga en pases de apertura (8’4) y segundo en número de pases completados por partido (83), sólo por detrás de Yaya Touré (88). Todo ello acreditando un porcentaje del 86’9% de acierto en sus envíos. En definitiva, números que delatan un control de las situaciones que escapa a los límites interpretativos de un mediocentro común. “Es difícil verle perder la pelota o tomar una mala decisión”, reitera el propio Mourinho.

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No obstante, si hay una disciplina en la que está produciendo en especial es en la empresa del último pase. Aprovechando la agresividad con la que algunos de sus compañeros atacan el área -dígase Costa, dígase Hazard o dígase Willian-, la intuición de Fábregas está reventando partidos y estadísticas. El catalán acumula una media de 3’1 key passes/pases de disparo por choque, cifra a la que apenas se acercan Hazard, Nasri o Sánchez (2’7), los siguientes en el ránking que comprende esa modalidad. Pero algo especial deben de tener esos key passes de Cesc, porque las diferencias se agigantan si investigamos cuántos de esos envíos acaban cuantificándose en goles. El número de asistencias apenas tiene precedentes en el fútbol inglés moderno. A 17 de febrero, con aún 13 jornadas por delante, el catalán suma 15 asistencias de gol, y ya es el único futbolista de la historia de la Premier League capaz de alcanzar la quincena en dos temporadas distintas. Y es que en la última década sólo dos jugadores han logrado superar esa cuantía: Frank Lampard, que repartió 16 en 2004/05, y el propio Fábregas, que llegó a las 20 en 2007/08. El caso es que el Fábregas de 2014/15 sólo ha necesitado 22 apariciones para alcanzar la dicha cifra, una cifra que casi duplica a las de sus dos máximos perseguidores, Gilfy Sigurdsson (Swansea) y Leighton Baines (Everton) que “sólo” han repartido 8.

Mientras tanto, los blues coronan la tabla con 18 victorias en 25 fechas, camino de su primer título liguero en seis años. El equipo que hacía temblar a toda Europa, el de Lampard, Essien, Drogba o Cech fue muriendo poco a poco, y aunque resistieron como pocos a la erosión de los años, se les acabó el tiempo. Los relevaron sin éxito muchos, pero entre otros tantos, Abramovich fue reclutando a Oscar, a Hazard, a Matic, etc. Sin embargo, en la citada regeneración restaba alguien de soberana importancia: el arquitecto. Y en verano de 2014 llegó Fábregas para devolver al Chelsea a la cúspide del continente. “Es la pieza que nos faltaba, aclama Mou.

Y por qué no, pongámosle a esta pieza un desenlace afín a la primera línea de la misma, porque en aquel mismo día de finales de agosto, después de otro partidazo del 4 con la casaca blue, recuerdo otro tuit que retrataba con excelsa exactitud lo que significa su retorno a Reino Unido. El contraste entre Cesc, el niño de Arenys que intentaba ganarse el reconocimiento de la grada del Camp Nou jugando de falso 9; y Fábregas, el talento fugado de la Masía que, criado en la propia cultura british, impartía cátedras de centrocampismo cada fin de semana en la Premier.

Qué tres años ha perdido Fábregas jugando a ser Cesc.

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