Como en los mejores tiempos

Corría el minuto cuarenta y pico y el realizador del partido decidió proyectar sobre la pantalla una estadística reveladora. Barcelona: 10 tiros; Atlético: 1. El rótulo no hacía sino confirmar numéricamente las sensaciones que desprendía el fútbol que estaban desplegando ambos contendientes. El Barça recordaba a la escuadra invencible de un pasado reciente.

Luis Enrique había vivido probablemente la semana más convulsa desde que aterrizara en Camp Barça, pero quiso defender su feudo con la misma firmeza que emplea el señor Burns cuando visitantes incómodos osan penetrar en su residencia palaciega. En esta ocasión, el huésped era de los non gratos, de los que arrasan con todo, como ya había demostrado el Atlético en la última visita al coliseo blaugrana, que bien había valido una Liga. Sabedor de la circunstancia, el ‘Lucho’ insufló a los suyos la fiereza que caracteriza a los dóberman que protegen la morada del hombre más viejo y rico de Springfield, y con órdenes de salir a morder saltaron los locales al césped. El inicio fue arroyador, el Barça despojó a los gladiadores atléticos de sus armas y los sometió a los designios de su juego gracias a un tempranero tanto de Neymar. El brasileño estaba cómodo, y eso es un serio problema si lo tienes como adversario. Lo intentaron frenar con dureza, pero ni dejándole el tobillo ensangrentado fueron capaces de maniatarlo. Junto a él, sus socios atacantes se mostraban no menos hiperactivos. Corría electricidad por las venas de Messi, omnipresente en todas las parcelas del campo; y Suárez hacía gala de su innata voracidad, esa que es capaz de desquiciar a los defensas rivales. Y eso que ayer quienes le cercaban lo conocían a la perfección. Pero ni por esas la zaga uruguaya del Atlético era capaz de controlar la movilidad de su compatriota.

Las asociaciones entre los chicos de Luis Enrique fluían y sin balón no tardaban en cortocircuitar la sala de máquinas atlética. Porque a la conclusión, todos los jugadores del Barça, a excepción de Luis Suárez – con 29 -, habían dado más pases que el hombre colchonero con más entregas, que fue Koke, con 34. Domaba el Barça la pelota a su antojo, y cuando disponía de espacios para correr, Messi y cía se proponían parecer trenes de alta velocidad. El vendabal azulgrana era imparable, e incluso Michael Robinson se atrevió a comentar a la media hora de partido que Simeone estaría deseando pasar por vestuarios perdiendo por tan solo un gol. Estaría en lo cierto el inglés, pues llegaría el segundo del Barcelona antes de finalizar el primer acto.

Pero amigo, uno nunca puede fiarse del Cholo y sus pupilos, porque antes de que te hayas dado cuenta, lo que parece un partido plácido se puede volver más turbio que el Ganges. Así fue, de hecho, y el Atleti, con poca producción ofensiva fue capaz de anotar desde los once metros tras una jugada en la que Messi y Gámez intercambiaron los papeles, pues fue el primero quien cometió penalti sobre el segundo, y no al revés.  Los capitalinos se metían en el partido y su preparador reaccionaba con varias permutas de las que demandaba el encuentro. Mientras tanto, en cada colisión, en cada contacto, seguían saltando chispas.

Y sí, el caudal ofensivo rojiblanco aumentó, pero ni los destellos de magia de Arda ni las acciones a pelota parada alteraron el devenir del encuentro. Y en cierto modo fue así porque la defensa del Barça se empeñó en ser esa Línea Maginot futbolística de la que hablaba Manolo Lama en ese videojuego que tanto nos gusta. Ni siquiera el juego aéreo del que tanto provecho saca el Atleti fue en el Camp Nou una válvula de escape para los de la capital. Ganó por alto el Barcelona tres duelos más que su rival (14-11), donde casi la mitad fueron intercepciones en el cielo de Piqué (6). No podría rematar el Atlético ni un solo centro colgado al área.

Al final, en lo que estaba siendo un partido excelso de los atacantes culés, el bueno de Leo no quiso tampoco faltar a su cita habitual con el gol y puso el broche final a un choque en el que el Barça se intuyó como una reminiscencia de su reciente y glorioso pasado.

Anuncios