El más alemán

bastian1_em93Es difícil no vincular la selección alemana de fútbol del último lustro a los nombres de Manuel Neuer, Philipp Lahm, Sami Khedira, Mesut Özil o Thomas Müller, pero hubo uno, el más primitivo de todos, que demostró ser especial en el día más importante. De rostro gélido, cabello rubio y ojos azules, era también el más alemán en apariencia. Con diecinueve años ya estaba jugando una Eurocopa, y aunque por aquel entonces era un poco macarrilla, también estaba allí cuando Klinsmann puso la semilla. Alemania iba a ganar el Mundial de Alemania, pero en la carretera hacia Berlín se cruzó con Fabio Grosso y Alessandro Del Piero. Sí, él estuvo en aquella histórica prórroga de Dortmund, cuando la Azzurra dejó a la Maanschaft sin su final. Llegó Löw y el rubio se erigió patriarca de un linaje de casi campeones. Una generación que perdió ese casi el 13 de julio de 2014 en Maracaná. En el camino Bastian Schweinsteiger tropezó cien veces y perdió mil finales, pero la de Río de Janeiro le puso el broche que merecían diez años con la camiseta de su país.

La masacre vista cinco días antes en Belo Horizonte otorgaba a los germanos el estatus de favoritos, pero lo cierto es que su adversario empezó siendo más. El equipo de Joachim Löw andaba, como durante muchas fases del campeonato, falto de profundidad, y si por algo se ha caracterizado esta Argentina es por ser un conjunto férreo y bien ordenado cuando se juega en su campo. Una Argentina que sí encontraba esa profundidad cuando transitaba. Aun sin el arma Di María, los albicelestes se las apañaban para penetrar las filas alemanas. El desborde del Pocho Lavezzi no paraba de generar ventajas, y estaba acercando al ’10’ a ese estado de trance que gana partidos. Pero al descanso Sabella mutiló esa opción, y con ella abortó el camino para llegar a Leo Messi, al que para colmo dejó luego sin su mejor socio, Gonzalo Higuaín, que había cuajado un buen primer tiempo. Ni Agüero ni Palacio conseguían un solo apoyo bueno en terreno alemán, y Messi no la olía. Repetir los cambios del día de Holanda le reportó a la albiceleste otra tediosa prórroga, si bien ya el declive comenzó a percibirse desde mediados de la segunda mitad.

La bombona de oxígeno germana llegó al tiempo extra más llena que la argentina, y fue entonces cuando Bastian empezó a barrirlo todo hacia su tejado. Su exhibición fue prominente. Lo leía todo con la soltura que le reconoce como uno de los grandes mediocentros europeos de la última década. Ganaba cada choque, iba a cada cobertura, descargaba a un lado y al otro, y Alemania ganaba cada vez más enteros. Entre tanto el astuto André Schürrle, carta magna en segundas partes para los teutones, bordeó trotando la izquierda hasta que atisbó a Mario Götze, que decidió la final con un dulcísimo gesto técnico. Y Bastian seguía. Y no perdía un balón, e iba conduciendo a los argentinos a una impotencia que les iba haciendo mella. El Kun le ensangrentó la cara, y Mascherano pudo quebrar su tobillo hasta en dos ocasiones, pero es que él es la supervivencia disfrazada de futbolista. Tan fiel quiso ser a la metáfora que en aquel minuto 123, cuando Nicola Rizzoli dio por concluído el certamen y toda su nación se regodeaba en el éxtasis del triunfo, él estaba tirado en el césped, adoleciendo el último golpe con una sonrisa entre los labios.

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