Sucedió en Brasil 2014

BRAZIL_2014_MINEIRAZOEran puro carisma. La mueca sabia de Júlio César, el bigote de Luiz Gustavo, la faz hierática e imberbe de Thiago Silva, las travesuras de Marcelo, y por supuesto las virguerías de Neymar, la delicatessen del equipo. Estaban a años luz de los mejores, pero cuando bailaban al unísono conformaban un producto convincente como pocos. Su sola puesta en escena ya afloraba grandeza. Era algo casi religioso. Cogidos de la mano, voceaban a cappella el himno patrio con una verdad que les hacía vidrio los ojos. En el campo suplían sus carencias mordiendo con la presión de fauces de un Fila, y durante treinta minutos eran implacables. Agarrándose al rol de anfitrión, Scolari, el primero en percatar el déficit de talento, había convertido a los suyos en un estado de ánimo que día a día iba inflando una tribuna local, y entregándose en los metros decisivos a las virtudes de su Jesucristo particular, nos había hecho creer a todos que Brasil podía ser campeona del mundo. Han pasado cinco días, y con la mente ya fría, creo que alcanzo a responderme los porqués de una las noches más dramáticas de la historia del fútbol

En asunto tan ultranacional se había convertido la cuestión mundialista que cuando Juan Camilo Zuñiga hincó la rodilla sobre las lumbares del ’10’ de la canarinha, el colombiano llegó a recibir amenazas de muerte. La de Neymar dejaba a los cariocas parcialmente estériles cerca del área, pero era la baja de Thiago Silva la que adquiría una importancia capital de cara a semifinales. Allí se cruzaban los brasileros con Alemania, que todavía guardaba Yokohama en la retina. La venganza iba a ser despiadada. Después de diez minutos de igualdad, David Luiz perdió la marca de Müller en un saque de esquina y Thomas se lo hizo pagar convirtiendo el 0-1. El gol aterrorizó a los anfitriones, pero mucho peor fue cuando Miroslav Klose se bañó en la eternidad para ensanchar la brecha amarilla. Tan vendidos estaban los locales a las emociones que un par de crochés germanos sirvieron para tumbarlos sobre la lona. El gol del ya máximo realizador de la historia de los Mundiales desató una hemorragia incontenible que en poco tiempo iba a convertir el Mineirão en un mar de lágrimas. Sami Khedira y Toni Kroos empezaron a rajar sin ningún tipo de pudor la frágil seda carioca, y el resultado fue un intervalo espeluznante, un intervalo que le cortó el cuerpo a más de un espectador neutro. 

Con una presión infernal, los alemanes explotaron la inconsistente salida de balón brasileña para golpearles una y otra vez. Conseguían robos altos y en seguida cargaban el área con hasta cuatro y cinco efectivos. Así que en seis minutos cayeron cuatro goles del lado teutón. Seis minutos que dejaron patente la débil morfología psicológica del cuadro de Scolari, que resultó ser un castillo de naipes. La secuencia era desgarradora. El 0-5 que se había fraguado en apenas media hora hacía daño a la vista, pero todavía faltaba por ingresar André Schürrle -una carta de segundas partes con más poder del que parece-, que ahondó en la herida brasileña con otros dos tantos. Brasil gemía el escándalo cuando Oscar sacó la rabia para marcar el gol más triste que han conocido los días de la canarinha, sellando un 1-7 que quedará grabado para siempre en la enciclopedia de este juego. Un 1-7 de Alemania a Brasil, en Brasil, una efeméride que casi deja en anécdota aquello del Maracanazo. Seguramente el curso de los acontecimientos habría sido muy distinto con Thiago Silva sobre el césped, pero la historia la cuentan los vencedores, y no los vencidos, y esta generación germana, con todavía el partido más importante de su existencia por jugar, ya es perpetua para la historia del fútbol.

Hoy estos muchachos tienen delante la posibilidad de redondear su hazaña y convertirse en campeones del mundo, y en tanto surge la reflexión acerca del discurso que ha utilizado su seleccionador de a lo largo del torneo. Löw quiso ser Gaudí, pero ni se le acercó, así que abandonó la vanguardia y optó por entregarse a sus propios cánones, los de la nueva Alemania, no menos bellos que los del técnico del Bayern Múnich. Sólo entonces sacó la mejor versión de los suyos, la que transita rompiendo filas rivales, la que nos viene divirtiendo durante ya un lustro. Pero hoy Argentina le dará la pelota, y estoy seguro de que ‘la Mannschaft’ no lo tendrá nada fácil. El de Sabella es un equipo férreo, y lo es más bajo el escudo de Javier Mascherano, líder espiritual de la albiceleste. Hoy el ciclo de Löw, Müller, Özil y compañía choca contra el desafío más gigante de la vida de Leo Messi, y el desenlace sólo puede ser épico. O quizás no, quizás la decepción sea lo que prevalezca en la finalísima de Río de Janeiro, pero yo ya podré contarle a mis hijos, a los hijos de mis hijos, que yo estuve allí, comiéndome una bolsa de pipas mientras veía por televisión el genocidio de Belo Horizonte, el de los siete goles de Alemania a la pentacampeona Brasil. Sucedió en Brasil 2014

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