Toda la vida

Vení, vení, cantá conmigo, porque un amigo vas a encontrar,                                                 que de la mano de Leo Messi, todos la vuelta vamos a dar.

Apenas se le habían caído sus primeros dientes y ya miraba a la pelota de una manera enfermiza. Ya entonces contaba su sprint con su rasgo más singular, el de no levantar los ojos de la bola. La cogía y “gambeteaba” a todo el que le salía, que casi siempre solía ser un par de años mayor que él. Rosarino de cuna, aquel pibe tan diminuto, un enano en estatura, llegó a los trece a Barcelona, y lo hizo ya con la melena del ‘Pelusa’. Era además zurdo cerrado, así que a poco que el mundo fue testigo de su don, nació su analogía con Diego Armando Maradona. Todavía me acuerdo de su primera gran hazaña, hace unos siete años y medio. Era diez de marzo de 2007 y el Real Madrid de Fabio Capello visitaba un Camp Nou venido a menos. La dinastía de Ronaldinho, Deco y Eto’o no acotaba ya la excelencia estética de sus mejores días, y los merengues llegaron sin complejos al coliseo azulgrana. Hasta en dos ocasiones tuvo que igualar el chico argentino los tantos de Ruud van Nistelrooy en una primera media hora trepidante, pero un error al filo del descanso le costó la segunda amarilla a Oleguer Presas. La expulsión redefinió el choque, y los blancos fueron muy superiores a los catalanes durante todo el segundo tiempo. Tanto que a un cuarto de hora del final llegó el 2-3, un testarazo de un joven Sergio Ramos que prometía ser definitivo. Pero cuando todos creían que aquello se había acabado, el 19′ de los de azulgrana, ‘La Pulga’, como se le había apodado entonces por estas tierras, agarró el cuero a escasos cinco metros de la frontal del área y sucedió aquello. Con el balón cosido a su pie izquierdo, la violencia con la que el muchacho arrancó desarboló a toda la zaga merengue en cuestión de segundos, e instantes después Iker Casillas se maldecía mientras el el graderío rugía aquel empate sobre la bocina.leo7

Leo Messi tenía sólo diecinueve años y había sostenido a su equipo en el partido de fútbol más exigente del planeta. Sería, aquel mítico 3-3, el primero de los muchos ‘clásicos’ de colección que regalaría al fútbol español. Pero voy a dejar aquí su trayectoria en la ciudad condal, porque cualquier apelativo se antoja insuficiente para el mejor futbolista del siglo XXI. En estos siete años y medio, Lionel, como pone en su DNI, se ha convertido en uno de los más grandes jugadores que jamás ha conocido este juego. Ha batido todos los registros goleadores habidos y por haber, ha formado parte del mejor equipo de fútbol de la historia, y en definitiva, lo ha ganado todo a nivel individual y colectivo. Sin embargo, los más puristas todavía encuentran un agujero en su fascinante currículum. Y es que la opinión de muchos registra que para sentarse en la mesa de los más grandes, el susodicho ha de hacer a su país campeón mundial, y es ese preciso requisito el que no cumple a estas alturas Leo Messi. Pese a que en Alemania 2006 hizo historia convirtiéndose en el futbolista más joven en enfundarse la albiceleste en una Copa del Mundo, la carrera de Leo en la selección argentina no ha sido ningún camino de rosas. Más bien todo lo contrario.

Si la de Argentina ya es una camiseta que pesa toneladas para cualquier argentino, no digamos para el que está llamado a tomar el testigo de Maradona. En 2010 el pueblo le pedía a Messi que la albiceleste regresase de Sudáfrica con la tercera estrella en el pecho. Leo llegaba además con su primer Balón de Oro bajo el brazo, y las expectativas eran altísimas. Las cosas no comenzaron mal, y pese a que no desplegó un juego demasiado brillante, la selección que precisamente dirigía Diego Armando Maradona salió de la fase de grupos con tres victorias en su haber. Bien es cierto que sus adversarios en aquel grupo B, nigerianos, griegos y coreanos, no eran demasiado correosos, pero el combinado sudamericano había cumplido. Cabe apuntillar que, durante todo el campeonato, Maradona se empeñó en que Messi fuese Maradona. El Diego quería a Leo jugando de ’10’, y aunque el experimento no terminaba de cuajar, había razones para pensar en que tarde o temprano lo haría. Más ilusionante fue el pasaje de octavos de final, cuando con dos goles del ‘Apache’ Tévez y uno de Gonzalo Higuaín, Argentina derrotó con un contundente 3-1 a la México de Javier Aguirre en un cruce no exento de polémica. La albiceleste parecía ir poniéndose a tono, pero en cuartos aguardaba la titánica Alemania. Los germanos ya habían sido verdugos de los argentinos en 2006, pero en esta ocasión llegaban con un plantel jovencísimo, casi desconocido a los ojos de Europa. Así lo eran Mesut Özil, Thomas Müller, Sami Khedira, Toni Kroos o Manuel Neuer, hoy signos matrices en la Alemania de Löw. Pero aquel día, también de la mano del eterno Miroslav Klose, aplastaron a Argentina con un durísimo 4-0 que quedó inscrito para siempre entre las páginas más negras del fútbol argentino. “A mis cincuenta años, esto es lo más duro que me tocó vivir”, sentenciaba un abatido Maradona.ARGENTINOS LAMENTAN LA ELIMINACIÓN DEL MUNDIAL ANTE ALEMANIA

Fue toda un drama de enormes proporciones, pero han pasado cuatro años, y la historia ha vuelto a poner a Leo delante del papel. Argentina es una nación que vive el fútbol de una manera muy particular. El país entero entra en trance cuando se acerca una Copa del Mundo -así lo corroboran las magníficas campañas publicitarias de algunos de los sponsors de la selección-, y la de Brasil 2014 no iba a ser menos, claro. La puesta en escena del día 1 fue algo impresionante. Maracaná estaba repleto de argentinos, y el hype en torno al primer partido de la albiceleste en el campeonato era tremendo. Tanto que ni siquiera el tempranero gol albiceleste rebajó la presión. Restaba mucha noche, y había que ser Argentina.

En una decisión extremadamente conservadora, o incluso cobarde, como la tildaron muchos de sus compatriotas, Alejandro Sabella salió a jugarle a Bosnia, una selección debutante en los Mundiales, con una defensa de cinco. Zabaleta, Fede, Garay, Mascherano y Rojo se pasaban el balón una y otra vez de forma horizontal, y Argentina parecía verdaderamente inofensiva. Más aun cuando los de los Balcanes adoptaban comportamiento defensivo. Y es que a la hora de defender, los bosnios formaban también en 5-3-2. Misimović, uno de los mediocentros, se ponía a la altura de Džeko y formaba una doble punta que incomodaba esa salida de balón argentina, y Bešić, otro centrocampista, desplazaba su posición al lateral izquierdo para formar esa línea de cinco atrás. La única manera de generar se llamaba Leo Messi, y estaba tapado. Y es que pese a que vimos al culé implicadísimo, cada vez que recibía, Kolašinac se despegaba de esa última fila bosnia, se iba a por él, y le hacían el 2 contra 1. Así vimos a Leo perder hasta diez balones en la primera media hora. Una cosa inaudita. Pero quedaban 45 minutos, y cuenta el boca a boca en el país de la Patagonia que al descanso, el ’10’ de Argentina, el verdadero gallo del corral, se dirigió a Sabella en vestuarios y casi le ordenó que el equipo volviese a formar en el 4-3-3 habitual. Sabella obedeció, obviamente, y el segundo tiempo fue otro cantar.

Argentina empezó mucho mejor, poco a poco las líneas bosnias se fueron abriendo, empezaron a aparecer espacios, y mejoró el rendimiento de, entre otros, Gonzalo Higuaín. Y lo más importante, Messi pudo esprintar. El barcelonista sembraba el pánico cada vez que empezaba a trotar hacia el área rival, y terminó pasando lo que pasó. El Pipa le tiró un buen apoyo y Leo marcó su gol fetiche. La tribuna estalló, y su celebración fue tremendamente emocionante, uno de los episodios más inolvidables de la primera fase del Mundial de Brasil. Ver a Leo Messi consumido por ese éxtasis, por esa rabia, por ese coraje, fue algo impagable. Hacía dos años que no le veíamos celebrar un tanto así, y eso que ha hecho miles. Fue su forma de avisarnos: «Esta es mi Copa del Mundo», exclamaba su mirada, sedienta de gloria. El rosarino llevaba cuatro años esperando hacer ese gol con con la casaca de Argentina. Cerró la noche en 2-1 gracias al tanto de Ibišević, pero Leo prometió a Maracaná regresar el día 13 de julio.

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Bosnia sólo era la primera de las siete estaciones que debía completar Leo para volver a Río de Janeiro. Ahora era turno de Irán, y a diferencia de lo que había ocurrido en el primer partido, a Leo no le hizo falta el tango. Aguardó, con la mano apoyada en la barra, sin mover ni un diminuto músculo. Allí quedó durante hora y media, y cuando llegó el tiempo de descuento, decidió acercarse a la pista para salir del pub con la chica más guapa. Estaba a punto de consumarse el triunfo de la resistencia iraní, Argentina estaba jugando rematadamente mal, y Messi deambulaba por el césped sin hambre alguna. Y de repente, como queriendo dejar a todos sus detractores con la miel en los labios, Leo agarró la pelota de cara en el minuto 91, se la puso donde a él más le gusta, y la metió allí, en la escuadra. Segundo milagro, y segunda victoria para una Argentina mediocre. Luego vino Nigeria, donde vimos su mejor partido en cuanto a finura física se refiere. Otros dos tantos. Y esta vez con su selección dando evidentes muestras de mejora. En quince días, Leo había hecho más goles que su coetáneo Cristiano en toda su trayectoria mundialista, que ya anota tres participaciones. Pero para bañarse en la eternidad había que proseguir el paso, y el próximo reto era la Suiza de Xherdan Shaqiri, que ya no es ningún cachorro. Sabella le dio el doble pívote a Gago&Mascherano, y puso en los costados a Lavezzi y a Di María, cosa que le funcionó. Argentina hizo unos buenos noventa minutos, y tuvo ocasiones para conseguir el pase, pero el partido se fue a la prórroga, y allí sólo el incansable Fideo tenía gasolina. Pero con los penales a escasos minutos, y con Argentina entera al borde del infarto, Leo dejó a dos suizos en el camino y le sirvió la gloria a Di María, el mejor jugador del choque.

No era más que otro milagro. Un intervención divina que no hizo falta contra Bélgica. Tras asustar los flamencos al planeta con su escandaloso caudal ofensivo en el cruce de octavos frente a EEUU, Argentina afrontaba el choque con cierto temor. Y sin embargo, la versión más sosegada de la selección de Sabella supo congelar el partido para hacer histórico el golazo de Higuaín. Salvo en las acometidas de los minutos finales, Argentina no sufrió en todo el encuentro, y el zapatazo del ‘Pipita’, una volea que dejó atónito al mismísimo Thibaut Courtois, sirvió para que su país volviese a las semifinales de una Copa del Mundo 24 años después. La última vez, en 1990, cuando el “barrilete cósmico”, como le bautizó Víctor Hugo Morales en el 86, todavía era el legítimo dueño del ’10’ de la albiceleste. En Argentina creen en dioses intervencionistas. Lo fue Diego Armando Maradona, la leyenda más reconocida del balompié universal, y lo es hoy Lionel Andrés Messi, que anda empeñado en alargar la suya en las páginas de la historia de este deporte. Su caligrafía no es tan romántica como la de su antecesor, pero presume de ser tan contundente o más que la del ‘Pelusa’. Hoy Leo se enfrenta a uno de los desafíos más gigantescos de su carrera. Lleva toda la vida esperando pisar la final de una Copa del Mundo, y toda la vida le reprocharán el no haberla pisado si hoy no obra otra vez frente a la Holanda de Arjen Robben, otro mito del fútbol moderno. La tarea será doblemente complicada, pues faltará a la cita Di María, el motor que le hace todo más fácil, pero ello no será excusa si quiere mantener la llama de su nación, si quiere que Argentina siga rezando el cántico que encabeza este texto. La efeméride sólo está al alcance de unos pocos. Caben en los dedos de una sola mano. 

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