La octava puñalada

La puso rasita, en corto, Mario Coluna. El libre directo se ubicaba frontal al arco de Araquistáin, a unos 18-20 metros del cual. Coluna la desplazó un palmo, dejándola seca para que el ‘8’ la pusiese pegada al poste, allí donde el legendario guardameta de Azoitia no podía llegar. Y era el quinto. Con diecinueve años, “la Pantera Negra” había tumbado en Ámsterdam al Real Madrid de Gento, Puskas o Di Stéfano. Eusébio da Silva Ferreira murió el 5 de enero de este mismo año dejando una estampa absolutamente antológica en da Luz, que rindió culto a su cuerpo como si se tratase de un faraón. Aquel 2 de mayo de 1962 fue héroe de ese 5-3 que significaba la segunda Copa de Europa del Sport Lisboa e Benfica. Los lusos no lo sabían, pero sería también la última.

Cuenta la leyenda que tras éxito de tal magnitud, el técnico Béla Guttmann, que sólo un año antes había conseguido que los lisboetas se hiciesen con el primer gran título de índole internacional de su historia, reclamó a la directiva benfiquista un aumento de sueldo. Pero la tensión se fue apoderando paulatinamente de las negociaciones entre entrenador y mandatarios. Finalmente, la repuesta de un furioso Antonio Carlos Cabral, entonces presidente del club, fue despedirle, y en un arrebato de ira, el húngaro pronunció entonces unas palabras que en su momento se tomaron a broma, pero que con el transcurso del tiempo se han convertido en una auténtica losa histórica para las águilas. “Ni en cien años el Benfica volverá a conquistar otro título europeo”, escupió Guttman.BELA_GUTTMAN_EM93_2

No pasaría mucho tiempo hasta que la sentencia de Guttman se tildase de “maldición”. En sólo siete años, Benfica iba a perder tres finales de Copa de Europa. La primera, apenas doce meses después de la alarmante frase, en mayo de 1963. El AC Milan, que a la postre se ha convertido en el segundo club más laureado de la historia de la Copa de Europa, con siete títulos en su haber, iba a ganar el primero de ellos venciendo 2-1 al propio Benfica en Wembley. Sólo dos años después, en el 65, precisamente en Milán, el Giuseppe Meazza acogía la final continental. Allí el Inter de Helenio Herrera, el que acumulaba a Luis Suárez, a Sandro Mazzola, a Joaquín Peiró o Mario Corso, hizo pesar el asterisco que le otorgaba el papel de anfitrión, y tumbó a los portugueses con un solitario gol de Jair da Costa.

Si la prensa ya insinuaba entonces sobre cuán consecuentes podían ser las palabras de Guttman, mayor leña se le iba a echar al fuego cuando el cuadro lisboeta, todavía con Eusebio y Coluna en sus filas, fue vapuleado en Inglaterra. Wembley, que en aquel 1968 volvía a ser sede de la final de la Copa de Europa, vio como Bobby CharltonGeorge Best y compañía golearon 4-1 a los benfiquistas para darle al Manchester United la primera de sus tres Copas de Europa. La gesta de los británicos iba a coincidir además con el décimo aniversario del famoso desastre aéreo de Múnich, una tragedia en la que perdieron la vida hasta 23 personas entre futbolistas del United, técnicos, periodistas y personal aéreo. Pero sigamos, porque a Eusébio y a sus compañeros de generación les quedaban días de gloria, aunque limitados éstos al ámbito nacional. El Benfica tardaría nada más y nada menos que quince años en alcanzar otra final europea. Sería en esta ocasión la Copa de la UEFA del 83, entonces a doble partido, la que se les iba a escapar a las águilas cayendo en manos del Anderlecht.

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Bobby Charlton y George Best recriminan una entrada a Eusébio. Aquel día entre ambos hicieron 3 de los 4 tantos que sellaban el primer gran título continental de la historia del Manchester United.

Viajamos ahora al 88. Dos décadas después de aquel 4-1 de Wembley, el Benfica se había vuelto a meter en una final de Copa de Europa. El rival, como en la UEFA del 83, iba a ser otro conjunto “flamenco”, el PSV Eindhoven, que se había cargado al Real Madrid de ‘la Quinta del Buitre’ en semifinales. Lo que ocurrió aquella noche en Stuttgart forma ya parte de la historia de esta competición. Tras 120 minutos “a cara de perro”, la sombra de Guttman se tornó como una nube sobre António Veloso. Lusitanos y holandeses habían hecho pleno hasta el momento en la tanda de penalties, convirtiendo los cinco primeros. Pero llegaba la muerte súbita, y le tocó tirar a Veloso, que no fue capaz de superar a van Breukelen. El guardameta holandés adivinó perfectamente la intención del lanzador y le dio a los suyos el título.

Sólo tuvieron que pasar un par de años para que el Benfica volviese a escalar hasta la batalla por el trono del continente. La final de 1990 iba a tener como sede Viena, allí donde yacía el cuerpo del legendario y maldito Guttman, y como rival al Milan de Sacchi. El club organizó oficialmente una expedición encabezada por Eusebio que visitó la tumba del susodicho, le realizó una ofrenda floral, e incluso llegó a rezarle con el objetivo de acabar con la tan sonada maldición, pero ni eso sirvió para frenar aquella portentosa cabalgada de Frank Rijkaard, que decidió la final con un gol que dejaba al Benfica por sexta vez en la cuneta, con la miel en los labios. Pero todavía quedan dos capítulos. El penúltimo, hace sólo un año: ese cabezazo de Branislav Ivanovic en el tiempo añadido que destrozaba el trabajo de un Jorge Jesús cuya idea matriz había pasado muy por encima de la del Chelsea de Rafa Benítez. Era la séptima final europea perdida desde que Guttman les profetizara el fracaso.BRANISLAV_IVANOVIC_UEFA_13_GOAL_

El Benfica 2012/13 había jugado un fútbol sensacionalmente atractivo. Con Nico Gaitán ‘el Toto’ Salvio siendo puñales en los costados, Enzo Pérez movía los hilos bajo el régimen de Nemanja Matić, un monstruo. Matić no sólo tenía anclas en los pies, esos que movía a zancadas de gigante, sino que además poseía un rigor táctico alucinante. Tan bueno era el serbio que este invierno Roman Abramovich puso en la mesa 25 millones de euros para llevárselo a Londres. Los de Jorge Jesús tenían muy asimilado el discurso que querían utilizar, y lo ejecutaban con un fuego y una precisión envidiables. Gaitán y Salvio ponían el virtuosismo, y Óscar Cardozo los goles. El paraguayo, de recursos inagotables, mandó el balón a la red hasta en 32 ocasiones en las 34 titularidades de las que gozó entre liga, Europa League y Taça de Portugal. Puede parecer que exagero, pero creéme, pocos equipos jugaron tan bien al fútbol el año pasado como el Benfica de Jorge Jesús. Un conjunto que, pese a ello, cayó en las tres competiciones nombradas de la manera más cruel, cuando rozaba el metal con la yema de los dedos.

Lo hizo en la ya citada final de la Europa League, con ese gol en el último minuto de Ivanović. Volvió a hacerlo en la final de la Taça de Portugal, en la que vencía al Vitoria desde el primer tiempo, y dos goles en tres minutos (79′ y 81′) de los de Guimaraes le arrebataron el título. Y por último, y esta fue la más terrible y dramática de todas, el destino quiso que las águilas muriesen en la orilla aquel día en Do Dragão. Llegaban a la cita Benfica y Oporto, colosos históricos del balompié luso, con 74 y 72 puntos, encabezando la tabla, claro. A los de Lisboa les valía un empate para depender de sí mismos en la última jornada del campeonato, pero antes tendrían que frenar a las panteras de aquel cuadro tan provisto de músculo y pulmón. Pese a la fortaleza física de los locales, los visitantes, sin saber cómo, aguantaron el casillero en igualdad hasta el minuto 90. Fue en el tiempo extra cuando Kelvin, un chico de 19 años que apenas había jugado 6 partidos en la Liga Sagres, la cruzó desde el pico del área hasta donde el portero no llegaba, y lo hizo cuando quedaban segundos para la conclusión. La grada deliró, y Jorge Jesús cayó abatido sobre sus rodillas en una de las escenas más dolorosas que he visto jamás en un campo de fútbol. Allí sollozó en soledad la crudeza de aquella derrota, una derrota que le terminó costando el título de liga.JORGE_JESUS_EM93_

El destino maltrató al Benfica de una forma despiadada, infame, la temporada pasada, pero el carácter de Jorge Jesús, y su capacidad para reinventar el ajedrez después de que huyesen varias piezas clave, hizo que los lisboetas volviesen a por lo que les pertenecía sólo un año después. A 14 de mayo de 2014, el Benfica llegaba a Turín habiendo sido verdugo de una Juve que ha hecho 100 puntos en Serie A, una Juve que lleva tres años tiranizando el Calcio. Así pues, la expedición portuguesa aterrizaba en Italia para disputar la final de la Europa League por segundo año consecutivo. Todo ello habiéndose proclamado ya campeón de la Liga Sagres y de la Taça de Portugal, estando también en la final de la Taça de la Liga, y amenazando con un póker histórico. Enfrente, el Sevilla de Unai Emery, un hueso en toda regla.

Las contundentes derrotas en Mestalla y San Mamés, y la pobre imagen ofrecida en su último partido en el Pizjuán, ante el Villarreal, hacían creer que el Sevilla llegaba a Turín sin el fuego que tuvo entre marzo y abril, ése que le hizo cosechar 13 victorias en 16 partidos, pero Rakitić, reptil de sangre fría, no entiende de estados anímicos, y en cuanto pudo impregnó el césped de gasolina. El Benfica llegaba al encuentro sin medio tronco. Entre otras ausencias estaban las de Enzo Pérez, Eduardo Salvio y Lazar Markovic, todos fundamentales durante el camino de los lisboetas hacia la gran final. A dichas bajas se unió la de Sulejmani, que a los 12 minutos cayó mal en una entrada de Alberto Moreno y tuvo que ser sustituido tras un fuerte golpe en el hombro. Aquello terminó de desnudar la faceta creativa de los de Jorge Jesús, que ya sólo se concentraba en las virtudes de André Gomes. A sus veinte años Gomes atesora una calidad de gran potencial, y deja ya destellos de súper clase, pero todavía le resta mucho aprendizaje dentro de un terreno de juego. M’Bia y Carriço fueron conociendo poquito a poco los vicios del joven, y a partir de ahí se se fue fraguando el dominio hispalense. Con Rodrigo y Lima aislados en esa doble punta, Gomes quedaba como único faro desde el que edificar los ataques, y tanto Vitolo como Reyes hacían ayudas para taponar cualquier aporte interior de Gaitán o Almeida. La seguridad que transmitían Carriço y M’Bia hizo volar a Rakitić hacia arriba, y el peligro llegó con él. El Sevilla se lo iba creyendo, y poco a poco la superioridad lo fue metiendo en campo luso, tanto que entre los minutos 30 y 40 el Benfica llegó a pasarlo mal. Sin embargo, el gol sólo se mascaba cuando el croata entraba en trance. Los de Unai Emery no acostumbran a atacar en estático, y pese a que atravesaron un intervalo emocional muy bueno, no llegaron nunca a encontrar profundidad, ni por supuesto a concretar, en gran parte por culpa de Luisão&Garay, que estuvieron increíbles durante toda la noche. Ni una grieta se les encontró. Fueron puro pegamento. En la anticipación, en el corte, en el balón parado, tirando el fuera de juego… Impecables. Como impecables iban a ser la segunda parte y la prórroga el tándem de centrales sevillista.RAKITIC_GARAY_FINAL_EUROPA_LEAGUE_2014

Pero antes de irnos al ecuador, habría cinco minutos de sufrimiento para los españoles, cinco minutos en los que el Benfica amenazaría el marcador de forma muy seria. Subieron la presión, lograron forzar pérdidas del Sevilla en campo propio, y con Lima, Rodrigo, Gaitán y Pereira corriendo como locos, estuvieron muy cerca del gol. Otro de los detalles estuvo en el propio Rodrigo, que vino un par de veces a recoger el balón hasta a casi casi la posición de mediocentro y consiguió recepciones muy productivas que se multiplicarían en los segundos 45 minutos. Tras el ecuador vimos como el Benfica reiteraba dicha presión. Jorge Jesús se percató de que a espaldas de Coke y Moreno había lagunas explotables, y entre otros retoques, desplazó a Almeida al lateral y adelantó a Maxi Pereira a un puesto pseudo extremo para hacer daño a Moreno. Los suyos inaguraron la reanudación con cinco minutos fortísimos, pero el Sevilla se volvería a despojar de las ataduras, y con José Antonio Reyes jugando al fútbol iba a dominar con claridad durante otro cuarto de hora. Sería entre los minutos 55 y 70, aproximadamente. Fue en esa recta final restante cuando a los andaluces se les fue acabando el combustible y los lisboetas asediaron. Allí, Nico Pareja, que ya había sacado dos goles cantados de Lima a principios de esa segunda mitad, se disfrazó definitivamente de Fabio Cannavaro para completar una de las actuaciones defensivas más prodigiosas del año. Fue impresionante. Quizás hablemos el mejor jugador de esta final. Pareja no sólo no erró en todo el partido, sino que además dejó acciones de un poderío y de una temporización extraordinarias. Hubo una jugada en los minutos finales que me impactó en particular. Balón a la espalda de la zaga sevillista, Lima llega con Pareja muy cerquita. El brasileño le tira un recorte que hubiese tumbado a 29 de cada 30 centrales, pero Nico se gira, le aguanta, y le tapa. Era de gol. Él, y su compañero de trinchera, Federico Fazio, iban a ser providenciales en la prórroga. 

Federico Fazio, Nico Pareja y Unai Emery decantaron la balanza

Federico Fazio, Nico Pareja y Unai Emery decantaron la balanza

El Sevilla conoce ya estas aguas y no se amedrentó. Gran parte del tiempo extra, de hecho, iba a ser muy igualado, de pura ida y vuelta, y con dos aficiones perfectamente conscientes de que el detalle más minúsculo podía decidir quién se llevaba el metal a casa. Pudieron los hispalenses acortar los nervios, con un jugada de un calibre estético magistral. Auténtica ciencia ficción. A ochenta metros de la portería rival, Ivan Rakitić, que tenía delante un selvaje de 6 ó 7 obstáculos rojos, divisó sin levantar la mirada del suelo el único hueco por donde podía pasar el balón. Una locura. Le llegó a Carlos Bacca, que controló orientado de la manera más perfecta y esprintó hasta Oblak. A 20 centímetros se quedó el ‘cafetero’ de hacer con el exterior un gol del que tú te habrías acordado durante décadas. Pero salió por poco, y los de Nervión, ya rendidos, sufrieron el acoso de un Benfica al que sí le respondían las piernas. Y sin embargo allí estaban de nuevo Pareja y Fazio manteniendo la llama hasta el 120. Éste último, un absoluto titán en el juego aéreo.

Pitó Félix Brych la conclusión del tiempo extra, y la soga y la gloria la iban a sortear los once metros. Pero la diosa Fortuna ya había decidido hace mucho quién iba a ser el campeón. Allí, donde la pena máxima, Emery, el permisivo cuarteto arbitral y Guttman hicieron el resto. Como técnico, Unai es bueno, muy bueno, pero como psicólogo es sublime. El Sevilla llegó al punto de penalti con medio título en el bolsillo gracias a una autoconfianza brutal, la misma que ha demostrado durante todo su viaje hacia Turín, la cosechada por el entrenador vasco. Ayudaron Beto, que (en una acción totalmente ilegalse adelantaba un par de metros a la línea sin que nadie le dijese nada, y por supuesto los ejecutores lusitanos. “La mayoría de nuestros jugadores son muy jóvenes, no conocen esa historia” decía Jorge Jesús en la previa. Pero lo cierto es que en los ojos de Cardozo y de Rodrigo, lanzadores segundo y tercero, estaba el miedo, estaba la sombra de Bèla Guttmann, que volvió a aparecer cuando los lisboetas miraban de cerca el título, y como no podía ser de otra manera, asestó la octava puñalada al escudo del águila. Terminó Turín en delirio sevillano, el de un equipo ya grande, el de una camiseta que se ha saltado la historia y en 8 años ha igualado a Inter de Milán, Juventus y Liverpool como equipo con más Copas de la UEFA (3). Un verdadero hito que tardaremos mucho en medir. Al otro lado, recostada sobre el flanco izquierdo de la Península, Lisboa llora el mal de ojo del equipo más potente de la ciudad, el Benfica, al que si las cosas no cambian le quedan 48 años de sequía en Europa.BENFICA_FANS_EM93_bn

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