Donde los ojos no llegan

COURTOIS_CAMP_NOU_CUARTOSEl escenario era memorable. La muchedumbre rebosaba un Camp Nou lleno hasta la bandera con el himno de la Uefa Champions League como atrezzo. En el césped, los dos primeros clasificados de la mejor liga de fútbol del planeta. La noche parecía dispuesta a brindar emociones fuertes, pero cuando se enfrentan Atlético de Madrid y Barcelona no hay lugar para el deleite. El guión, como en la Supercopa, como en el duelo liguero del Calderón, fue tan rígido, tan rígido, que ni siquiera hubo que ver ni a los de Cholo ni a los del Tata reponiéndose del shock emocional que debe suponerte perder al mejor hombre de una de tus filas. Aun con Costa y Piqué en la cuneta, el nivel de concentración era tal que ni uno ni otro cuadro encarnizó lo más mínimo el echarles de menos. El choque era áspero, sin tregua alguna, con errores y golpes entre ambos bandos, y con un Atleti que, pese a que presionó alto, le negó correr a Messi, consciente de que ya había destrozado así al Manchester City.

Pero en la homogeneidad de la guerra, Diego Ribas se puso el lanzallamas en la pierna y, tal y como acostumbró al Manzanares hace un par de años, provocó el éxtasis colchonero con una genialidad. Lo que Diego no sabía es que tumbar a Messi, Iniesta y Xavi en su casa sigue siendo algo prácticamente imposible. El brasileño hizo sentir al Barça el peso de la responsabilidad, y los mitos se desataron. Los culés metieron a los madrileños en su campo a golpe de remo, Xavi comenzó a mandar, e Iniesta a exhibirse. Entre cuatro rojiblancos, o amarillos, que es como vestían ayer los de Simeone, Andrés divisó un pase de esos que sólo ven él y los de las tribunas más altas del coliseo. Neymar lo ejecutó para equiparar la balanza, y el Atleti tardó poco en desistir. La recta final iba a ser plenamente culé. Con Iniesta regalando una virguería en cada participación, Alves y Alba (¡está últimamente soberbio, éste último!) terminaron de sitiar terreno colchonero. Xavi disfrutaba como un crío, y el Barcelona rozaba la remontada.

Estaban los suyos sin pulmones, con plomo en las piernas, cuando empezó la noche de Courtois. Por algo el Atlético de Madrid es el equipo menos goleado de la Liga BBVA y también de la Champions League. Cuando al mejor entramado defensivo de Europa se le acaba el oxígeno, a Diego Pablo Simeone todavía le queda utilizar un comodín, probablemente el más especial de todos. Thibaut Courtois llega donde tus ojos ven gol o gol. Donde tus ojos no llegan, donde ya no alcanzan a imaginar, aparece su cuerpo desproporcionado para alejar el esférico de su arco. Sus heroicidades salvan goles, pero además inducen al rival en un deterioro psicológico y un abatimiento que convierten al belga en un arma letal en este tipo de eliminatorias. Lo saben San Mamés, Mestalla o San Siro. Lo sabe el Bernabéu, que vio como el largirucho cancerbero pulsó el mute cuando todo el estadio cantaba ya el gol de Özil en la final de Copa del Rey el pasado mes de mayo. Y ahora también lo sabe el Camp Nou. Hemos llegado a un punto en el que futbolistas de primerísimo nivel creen irreal la posibilidad de perforar la portería de Courtois, y es por esta razón por la que se le debe considerar uno de los mejores jugadores del mundo. Así lo corrobora su determinación, porque Thibaut llega donde tus ojos no llegan. Ayer sus estiradas astrales acercaron al Atleti a la cuarta semifinal de Copa de Europa de su historia.

La última de ellas data del 74, y sí, curiosamente estaba por allí un tal Luis Aragonés.

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