El impresionante N’Diaye

Entrevista a N'Diaye, jugador del Real BetisUna película de los Coen. Así estaba siendo la temporada del Real Betis Balompié. Con la premisa de que todo lo que pudiese salir mal saldría mal, el equipo heliopolitano deambuló de la mano de Murphy durante casi un semestre, acumulando despropósito tras despropósito, derrota tras derrota. Algunas, como la de Osasuna, especialmente sospechosas de haber sido escritas por los cineastas de Minneápolis. El cauce parecía perdido, como la dignidad de una afición enfermizamente fiel. La situación deportiva era tan delicada que la llegada al banquillo de Gabriel Humberto Calderón no levantó ilusión alguna. Sin embargo, contra todo pronóstico, el argentino ha resucitado a un vestuario que estaba muerto, y hoy por hoy, el Betis da la sensación de tener más carácter que equipos que tienen diez puntos más. La permanencia se antoja muy improbable, pero la imagen del equipo se ha revertido por completo. Este mismo jueves, los verdiblancos ganaron en el Sánchez Pizjuán una de las pruebas con más hype del año. Y lo hicieron apoyados en el rendimiento crucial de las tres incorporaciones invernales de la plantilla: Antonio Adán, Leo Baptistao y Alfred N’Diaye. Éste último, creéme, estuvo increíble.

“Es algo que me ha pasado siempre que he llegado a un equipo. Hasta que me ven jugar. Yo siempre he estado así, y mi media de distancia recorrida cuando juego en el medio campo es de 13 kilómetros”. En la primera entrevista que concedía en España no tardó en salir a la luz su aparente sobrepeso. La réplica del senegalés fue contundente, aunque también un poco cachonda, porque ciertamente costaba imaginar a un centrocampista ser eficaz recorriendo esas distancias tan desmesuradas. Pero el chico ha disipado toda duda. A los béticos los hechizó el primer día, merendándose a Jhon Córdoba y a Sergio García, pero el jueves enamoró a media España con una performance monstruosa. El derby de los derbis era televisado en abierto para todo el país, un país que vio como el senegalés, de la mano de un Lolo Reyes excepcional, se desgastó de una manera ilógica manteniendo a flote a sus compañeros. Y digo ilógica porque cualquier ser humano que hiciese un derroche físico como el que hizo N’Diaye habría echado el corazón por la boca antes de llegar al ecuador del encuentro. Era impresionante. Presionaba en una banda y a los treinta segundos estaba en la otra. Y en ocasiones lo hacía de una manera tan peculiar como terrorífica, flexionando las rodillas y agachándose, al más puro estilo Kevin Garnett. Llegaba a cada cobertura, a cada choque. Verlo cuerpear con Vicente Iborra era un escándalo. El valenciano, armario de la facción sevillista, no tenía nada que hacer contra aquel oso negro con envergadura de buitre.

El escaparate era grande, pero Alfred quedó por encima toda expectativa. Su equipo venció cada mini-batalla desde la inferioridad, y terminó logrando la proeza en un escenario del que últimamente siempre salía con heridas de las que duelen. El máximo culpable fue él, que se comió el campo literalmente en una exhibición para el recuerdo. Quizás nunca juegue para un gigante, quizás nunca escuche el himno de la Champions fuera de su televisor, quizás nunca sepa lo que es una Copa del Mundo, pero la huella dejó el jueves en Híspalis no la borran los años.

Anuncios