Quitársela a Ander

Ander_12Todo aquel que ame esto debe ver en él un futbolista fetiche, porque jamás pasa desapercibido. Es un incentivo directo para ver cualquier partido del Athletic Club de Bilbao. Se desmarca, la pide, descarga a un lado, se zafa otra vez de su marca y la vuelve a recibir. Luego se da la vuelta y filtra a la espalda de los centrales uno de esos poemas que escupen sus pies. Si le atoxigan en superioridad, la esconde. Y cómo la esconde. A diferencia de Iniesta, Xavi, Modric, Ârda o Koke, que se aventajan de ese respeto que infunden sus equipos en los rivales, a él no le flotan, a él van a buscarle, a morderle, sin especulaciones, sin trabas. Le han mordido siempre, en Zaragoza lo saben. Pero acostumbrado a ese estrés incesante, compite a pecho descubierto, con tipos que le entran y le pegan continuamente, y aún así, no se la quitan. Y no se la quitan porque el ‘21′ del Athletic tiene un talento y un dominio de la pelota que escapan a los límites de lo común. Técnicamente es un privilegiado, un fenómeno.

El domingo en Mestalla dio otro recital. Durante más de media hora, la muchedumbre ché salivó con su repertorio, porque la agarraba y no la soltaba hasta encontrar al compañero libre. Porque en la primera bola que tocó dejó solo a Aduriz en el punto de penalti, con un centro que podrían haber firmado perfectamente artistas de la talla de Juan Carlos Valerón o, por qué no, Zinedine Zidane. Porque Parejo no la olía. Porque cuando el reloj marcó diecisiete minutos y veintiún segundos congeló el tiempo en la capital del Turia. Iturraspe le sirve el cuero en la media luna valencianista, y su bota izquierda imprime al esférico un toque hacia la derecha, un toque rápido, pero de una sutileza majestuosa. De repente, preso del monumental recorte, Keita, un armario de 1’84 y 78 kilos de peso, era poco más que un espectro y no tenía opción alguna de tapar su disparo. La rosca celestial que dibujó el viaje del balón a la escuadra enmudeció a toda la tribuna, y Diego Alves ya estaba agachando la cabeza. El palo evitó la gesta, pero en diecisiete minutos Mestalla ya sabía que entre 22 peones que decoraban su tapiz, había uno que era especial, uno que era diferente.

Se dejó la piel siendo un niño para salvar a su club, al club de su vida, y codo a codo con un Gabi no tan adulto, sostuvo durante tres cursos consecutivos a un equipo destinado a perder la categoría. Luego enamoró a Bielsa, y según dicen, también al United. Pero los ingleses no llevaron la operación a cabo, y Ernesto Valverde lo agradece al levantarse cada mañana. Su Athletic se va solidificando más y más, y esa plaza de Champions League que ansía el nuevo feudo de los leones está cada vez más cerca. En parte es gracias a que este prodigio siga en Euskadi. No deja de resultar curioso que con ese aspecto de niño, que no le abandona pese al transcurso de los años, nuestro protagonista despliegue unas hechuras y unas formas futbolísticas tan antiguas. Se mueve como si fuese hijo de otros tiempos, y ese aroma clásico también encandila. Te digo que a Ander no se la quitan, que te la esconde y lo ves todo gris, y empieza a ser triste -que no injusto- que este chico no vaya a estar en Brasil.

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