Un llanto por Mel

No es fácil convivir en una ciudad en la que el vecino, tu eterno rival, tu archienemigo, gana la UEFA dos temporadas consecutivas, o se alza con dos Copas del Rey en apenas cuatro años, mientras tu equipo sufre abajo cada curso intentando mantener la categoría. Con la imagen destrozada, la cartera vacía y el corazón en el suelo descendió el Betis en mayo de 2009 a Segunda División. Todavía me acuerdo de la carita de JuanitoEstar en Segunda es una sensación terrible. Amarga como la última cerveza de la noche. El fútbol pierde trascendencia para ti. Lo cierto es que el club entró en concurso de acreedores, y se logró, de una vez por todas, que el caricaturesco personaje de Manuel Ruiz de Lopera se desvinculase de la entidad. Pero una vez tocamos el fondo, había que salir del agujero.

Fichando a coste cero y gracias al desgaste y a la constancia de una afición impagable, el Betis lograría volver al lugar que le pertenece. Aún militando en Segunda División, el escudo de las trece barras y el ‘manquepierda’ lograban arrastrar en ocasiones hasta 40 000 gargantas a Heliópolis. La masa social respondía, y el Benito Villamarín acababa algunos fines de semana entre los más estadios con más lleno del país. Pero nos estamos dejando en el tintero al máximo protagonista del gran renacer. Después de que Víctor Fernández fracasase en su nueva etapa en el club, siendo incapaz de hacer realidad el ascenso a Primera, la entonces provisional directiva pone en julio de 2010 al equipo bajo el mando de Pepe Mel. Empezó entonces una historia hermosísima. Una historia que duraría tres años y medio. Tres años y medio que han parecido diez, porque el vínculo emocional de Mel con el beticismo y su idiosincrasia ha sido fortísimo. Tan fuerte que muchos no recuerdan quién entrenaba a los verdiblancos antes de su llegada.PEPE_MEL_EDITADO1

Pepe Mel es el hombre que le ha cambiado la expresión al Betis y a los béticos. Fue el responsable de un Betis que estando en la división de plata puso contra las cuerdas al mejor Barcelona de Guardiola, al Barça que contaba sus partidos en el Camp Nou por ‘manitas’, en una eliminatoria copera que el bético de a pie no va a olvidar fácilmente. Fue la cara de un equipo que enamoró al país entero en su regreso a Primera División, un equipo ofensivo, valiente y con criterio, un equipo que jugaba como los ángeles. También fue él quien armó el retorno del Betis a competición internacional, 8 años después de su última experiencia en Europa. Y todo ello sacándole a sus plantillas un rendimiento extraordinario, casi irreal. En definitiva, ha sido un emblema, un símbolo, un referente. Seguramente uno de los entrenadores que más ha marcado a mi generación.

Pero en España, ya se sabe, sólo hay lugar para el presente. Prevalece la actualidad sobre los méritos del pasado y sobre la paciencia, y pese a que el crédito le ha servido a Mel para salir de otras situaciones límite, esta vez todo le ha soplado en contra. Uno de los factores fundamentales ha sido la incompetencia del plantel, castigadísimo por las marchas de Dorlan Pabón, Joel Campbell y Beñat Etxebarría, a las cuales podemos sumar la ausencia de Rubén Castro en los últimos 3 meses. Estas cuatro bajas han dejado al conjunto verdiblanco sin los responsables de casi el 60% de los goles que anotó la temporada pasada. El juego no ha sido ni mucho menos brillante, pero bien es cierto que la bola ha sido caprichosa, cruel, infame contra los de Mel, y no ha querido entrar cuando debió hacerlo. El caso es que, por unas circunstancias u otras, el Betis sólo ha sumado 2 de los últimos 24 puntos que le posibilitaba el calendario, Mel estaba en la cuerda floja, y el equipo falto de identidad.

El final ha sido desgarrador. Después de que en la mañana del domingo se escapasen 2 puntos ante el Rayo de una manera inexplicable, en un partido en el que los heliopolitanos se comieron a los de Paco Jémez, la directiva convoca ayer lunes al técnico, y decide destituirle. Mel apenas consigue articular 3 frases de agradecimientos y rompe a llorar en una secuencia terriblemente triste, una rueda de prensa en la que se escucha de fondo a decenas de aficionados, que se habían congregado en las afueras del Villamarín nada más conocer la decisión, y que gritaban a pelo el nombre del madrileño, pidiendo que continuase al frente del equipo. El amor entre afición y entrenador era total y mutuo, pero la directiva ya había decidido, y la escena dolía muchísimo. Todos sabían que se iba, pero nadie lo deseaba. Un desenlace propio cualquier película de Aronofski, o de Iñárritu. Hoy, ya 24 horas después, y tras haber visto varias veces las declaraciones, todavía se me encoge el corazón, todavía se me ponen los pelos de punta cuando veo a Pepe Mel con ese nudo en la garganta, con ese dolor tan a flor de piel, dando el adiós más devastador que le recuerdo a un entrenador en el fútbol español.

Gracias, Pepe, por estos tres años y medio tan maravillosos.

Anuncios